JOSEFA MONRABAL MONTANER

1. LA COMARCA DE LA SAFOR
2. LA FAMILIA MONRABAL MONTANER
3. UN IDEAL PERSEGUIDO
4. VILLARREAL
5. CONFLICTO BÉLICO
6. UNIDAS EN LA MUERTE

 

1. LA COMARCA DE LA SAFOR


GANDÍA
Gandía es un municipio de Valencia (España) situado en el sureste de la provincia, en la comarca de La Safor, de la que es capital. En 1900 contaba con unos 14.000 habitantes.
Es llano por el litoral y montañoso por el interior. El río Serpis atraviesa la ciudad hasta desembocar en el Mediterráneo. También cuenta con estación de ferrocarril. Sus orígenes se remontan a la época ibérica, poblada después por los romanos, y más tarde por población musulmana. En 1252 la reconquistó Jaime I de Aragón y la donó a su hijo Pedro y a sus descendientes. En 1485, la familia de Los Borja que era uno de los linajes más poderosos e influyentes, la convierte en ducado.

 

Consiguieron el Papado de Roma dos veces: Alfonso de Borja será nombrado Papa en 1455 con el nombre de Calixto III y su sobrino, Rodrigo de Borja, lo será en 1492 con el de Alejandro VI. En 1521, el primogénito del Duque, Francisco de Borja fue nombrado por Carlos I virrey de Cataluña. A la muerte de su padre en 1543 volvió a Gandía a tomar posesión del Ducado. En 1550 abdicó en su hijo Carlos de Borja, e ingresó en la Compañía de Jesús, de la que llegó a ser elegido General en 1565; murió en 1572 y fue canonizado en 1671.
Gandía se transformó en una de las ciudades más florecientes de la península y cuna de una de las familias más poderosas de la nobleza española.
El siglo XVII comienza una época de decadencia para la ciudad, por el endeudamiento de la nobleza, la expulsión de los moriscos, el declive de determinados cultivos, la peste y el bandolerismo.

 



A finales de siglo XIX, la mejora de infraestructuras y comunicaciones permite un nuevo florecimiento de la agricultura, especialmente de la naranja y hortalizas, y su comercialización.
A partir de 1900 crece la población y se ensancha la ciudad. La Gandía de nuestro interés es la de comienzos del siglo XX. Durante este siglo, y a pesar de los momentos de crisis que afectaron a todo el país, Gandía fue cimentando su prosperidad en una moderna explotación de la actividad naranjera y en el turismo en expansión.
La cultura y religiosidad popular que se vivía en Gandía era como la que se vivía en toda España, profunda y sentida. Desde últimos de siglo XIX existen gran número de Cofradías que celebran sus manifestaciones penitenciales con mayor o menor esplendor. Cada barriada tenía sus cofradías y procesiones propias. En los actos sagrados, la música tenía una gran importancia. En la Colegiata había capilla Musical para las celebraciones más solemnes.

 

2. LA FAMILIA MONRABAL MONTANER


UNA FAMILIA DE CURTIDORES
Vicente Monrabal Puig, natural de Gandía, y Clara Montaner Cháfer, de Rafol de Salem, habían contraído matrimonio en Gandía. Frutos del mismo fueron sus hijos: Vicente, José María, Andrés y Joaquín (que falleció a los cuatro días de nacer) y Josefa.
foto Josefa

 

 

Josefa, nuestra biografiada, llamada familiarmente Pepita, nació el día 3 de julio de 1901 y fue bautizada en la Parroquia de san José del Arrabal y el día 27 de julio recibió el sacramento de la Confirmación en la iglesia mayor (Insigne Colegiata) de manos del obispo de Teruel, Mons. Juan Comes Vidal. Después de Josefa nació Dolores, que vivió poco menos de un mes, quedando Josefa como la única hija y la menor de la familia.

 

 


Sus padres, Vicente y Clara, eran cristianos de profundas creencias, que procuraron que sus hijos recibieran prontamente el bautismo y les procuraron la enseñanza de la Doctrina Cristiana como les aconsejaba el párroco de la iglesia de san José a la que pertenecían.

 

 

El señor Vicente Monrabal poseía un negocio de curtidos de piel con varios empleados, según consta en los padrones municipales. Gozaba de buena posición económica, pues según recuerda su nieta Sara Monrabal Llopis, eran frecuentes sus viajes a Valencia, bien trajeado, con su maletita de piel en la que guardaba un blusón que se ponía para no mancharse en el tren y se quitaba al llegar a Valencia. Tenía poco pelo, era fuerte y de ojos azules. Recuerda además que, como buen negociante, enseñaba a su nieto mayor a distinguir las monedas verdaderas de las falsas y otras habilidades del negocio que algún día tendría que atender.
La señora Clara era muy alegre, sencilla, caritativa y muy católica. Había nacido en Rafol de Salem, pero siendo aún muy joven, su familia se trasladó a Gandía, donde se instaló.

 


INFANCIA ALEGRE
Los padres de Josefa miraron con mucha atención a esta hija, la más pequeña de la familia. Al lado de sus hermanos y de su madre pasaba los días jugando y haciendo sus travesuras pues era muy vivaz. También pasaba mucho tiempo jugando con las niñas del barrio.
La infancia de Josefa transcurrió en Gandía, participando de las actividades propias de esta edad.

 

 

 
Pronto frecuentó la escuela donde aprendió lectura, escritura y cuentas. Su madre también le fue enseñando las labores propias de las niñas de su tiempo en la medida en que ella iba aprendiendo.
Vivió una infancia feliz rodeada del cariño de sus padres y hermanos, aunque hubo momentos de preocupación en la familia cuando la pequeña Josefa enfermó gravemente de la viruela, y temían por ella, pues sus padres habían perdido ya dos hijos. Afortunadamente se curó y continuó con salud sin volver a contraer ninguna otra enfermedad grave.
Sus amigas contaban que Pepita, ya desde pequeña, era muy piadosa y generosa, que todos los domingos su padre le daba

 


dinero para comprarse golosinas o ir al cine, pues por el gran cariño que profesaba a su única hija, no le negaba nada. Ella lo entregaba a los pobres o necesitados que conocía sin que su padre lo supiera.
Se preparó con esmero y entusiasmo para recibir la primera comunión asistiendo con prontitud a la catequesis parroquial, que completaba con la ayuda de su madre, con la que compartía lo aprendido, esperando ese día tan especial con verdadera alegría.
Josefa continuó formándose y aprendiendo en la escuela. Apenas tuvo la edad entró a formar parte del grupo de Hijas de María de su parroquia de san José del Arrabal, llegando a ser también catequista. Se distinguía por su humildad y caridad para con todos. Era una chica normal, aunque muy buena y virtuosa, muy sociable y tranquila. Le gustaba divertirse con sus amigas, tomando parte activa en las fiestas del barrio, participando en representaciones teatrales, sin llamar particularmente la atención y muy cercana a cuantos se relacionaban con ella.

Físicamente, era de estatura mediana y robusta, de ojos negros, profundos y serenos, tez morena marcada por las secuelas de la viruela padecida en la infancia.

AYUDANDO A LA FAMILIA
En la familia, todo seguía bien, el señor Vicente hacía funcionar a buen ritmo la fábrica de pieles con los obreros y con la ayuda de sus hijos. El mayor, también llamado Vicente había contraído matrimonio con Concha Llopis. Este matrimonio fue bendecido con tres hijos y los abuelos eran felices de ver crecer la familia.

 

 
Todo este bienestar pronto fue truncado con la muerte de Vicente, pues falleció a los 29 años en 1918, dejando tres hijos de corta edad. Los abuelos paternos acogieron a la viuda y los pequeños, a los que querían entrañablemente porque eran sus únicos nietos. Josefa tenía 17 años. Estos pequeños, en la casa de sus abuelos vivían felices y contentos, y encontraron en su tía Josefa la atención necesaria para crecer rodeados de atención y cariño, mientras la madre iba a trabajar para sacarlos adelante y contribuir a la economía familiar, cuyos gastos se habían incrementado al llegar cuatro más a la casa. La más pequeña, Sara, tan sólo tenía 20 días.

 

 

Su tía Josefa fue para ella como su segunda madre, durante los años de su infancia. En verano les llevaba a la fábrica de su abuelo donde tenían una pequeña balsa de agua, y mientras los pequeños disfrutaban del baño, Josefa se sentaba a bordar a la puerta con alguna amiga. Cuando Sara se preparaba para la primera comunión, pasaron ella, sus hermanos y su madre a vivir con los abuelos maternos.
Josefa quedó más libre y podía dedicarse a otros quehaceres. Aprendió a bordar a mano muy bien y después a máquina, teniendo una propia para sus labores.

 

UNA JOVEN COMPROMETIDA
Los domingos por la mañana, después de ir a Misa, tenía de costumbre ir a visitar a los enfermos del barrio y a otros que ella conocía. Conversaba con ellos, les asistía y se fijaba en la situación en que se encontraban para ayudarles, llevarles algo de ropa, medicinas, alimentos, etc. Por la tarde frecuentaba el colegio de las Hermanas Carmelitas con otras jóvenes que allí acudían a pasar la tarde, pues Josefa sintió desde muy joven la vocación religiosa, aunque no asistía a aquel colegio, pero admiraba la dedicación y entrega con que las religiosas atendían a las alumnas.
Tenía ilusión por ser también ella Carmelita pero su padre se oponía a su ingreso porque decía que la necesitaba. Por más razones que le daba para tratar de convencerle, él no cedió. Ante la insistencia de sus razonamientos, le contestaba: “Sólo tengo una hija y ¡tanto cómo la quiero!”. Josefa aceptaba la situación por no disgustarlo, dejándolo en manos de Dios, convencida de que Él haría el resto en el momento oportuno. Entre tanto, continuó viviendo en la familia, siguiendo con su vida de piedad como Hija de María, enseñando el catecismo y visitando a los pobres y enfermos.
El 4 de junio de 1927 llegaron a Gandía las Religiosas de San José para asistir a los enfermos en sus domicilios y se establecieron en la calle Valier, cercana a la familia Monrabal. Era la superiora la madre Fidela Oller y vino acompañada por seis hermanas.
La noticia de la llegada fue muy bien acogida por el pueblo, que las estaba esperando con ilusión desde hacía muchos años. Señoras distinguidas, apoyadas por el Abad de la Colegiata, habían promovido entre los habitantes de Gandía lo beneficioso que sería para la ciudad contar con una comunidad religiosa dedicada a la atención de los enfermos. Josefa tenía entonces 26 años y era una del grupo.
Pronto fueron conocidas en la ciudad y Josefa entabló amistad con ellas. Poco a poco las fue conociendo y le impactó su sencillez y pobreza. Decía a su madre: “Las hermanas acaban de llegar y les faltan muchas cosas”; su madre le daba ropa, utensilios, etc. y Josefa lo llevaba a las hermanas. Con algunas señoras, buscaron la manera de que a las hermanas no les faltase el trabajo ni el sustento. Josefa vivía atenta a todo esto, mientras percibía que el Señor la llamaba para algo más profundo. Era el Espíritu Santo que la movía a entregar su vida en favor de los demás.
El encuentro y amistad con las hermanas, que cada día se iba haciendo más profunda, fue un estímulo decisivo que le ayudó a comprender su vocación. La amabilidad y cercanía de la madre Fidela, atrajo la atención de Josefa y entabló con ella una relación más personal. La madre Fidela fue la que mejor comprendió la situación en que se encontraba Josefa e hizo todo lo posible para que ella clarificara su vocación en una dirección concreta.
A Josefa le gustaba el servicio que las hermanas hacían con los enfermos y esto fue penetrando cada vez más en su interior hasta que comprendió que el Señor la llamaba para esta misión. Continuó frecuentando la comunidad y esperando el permiso de su padre. Entre tanto, Josefa vivía una vida normal dentro de su familia ayudando a sus padres, mientras sufría interiormente el conflicto de su vocación.
Un acontecimiento doloroso volvió a empañar los días felices y tranquilos que vivía la familia Monrabal, pues el 9 de marzo de 1928, el señor Vicente, padre de Josefa, a consecuencia de una hemorragia cerebral, fallecía inesperadamente. Fueron momentos de dolor que la madre supo superar cristianamente y ayudó a sus hijos a aceptarlo. Josefa, siendo la menor y que se sintió siempre tan querida de su padre, sufrió grandemente esta pérdida, pero la serenidad de su madre y la amistad de las Hermanas, fue mitigando este dolor y aceptando la voluntad de Dios.

 

3. UN IDEAL PERSEGUIDO


SER RELIGIOSA DE SAN JOSÉ
Josefa siguió viviendo con su madre viuda. Después de unos meses de la pérdida de su padre, su madre Clara, mujer valiente y decidida, a través de sus consejos, animaba a Josefa en su vocación y le concedió su permiso para ingresar en la vida religiosa, que expresó ante el Coadjutor de la parroquia de san José del Arrabal de este modo:
“Doña Clara Montaner Cháfer, viuda de Vicente Monrabal Puig, vecina de esta ciudad y feligresía, la cual asegurando hallarse con la capacidad necesaria, dice: Que, como madre de Josefa Monrabal Montaner y de su libre voluntad, le da su permiso para ingresar en la Congregación de Religiosas Hermanas de San José, veladoras de enfermos.
Leída que fue esta declaración se ratifica en ella y no firma por no saber, haciéndolo por ella su hijo José Monrabal Montaner.
JAIME CARBONELL PLANAS, Coadjutor
CLARA MONTANER CHÁFER
P.O. JOSÉ MONRABAL MONTANER”,
Y el certificado de buena conducta, extendido por el Abad-Párroco de la Insigne Colegiata de Gandía, que dice:
Don José Sola López, Abad-Párroco de la Colegiata de Gandía, diócesis y provincia de Valencia.
“Certifico: Que Josefa Monrabal Montaner, soltera, natural y vecina de esta ciudad y feligresía, hija legítima de Vicente Monrabal Puig y de Clara Montaner Cháfer, ha observado siempre una conducta buena e intachable bajo todos los conceptos y digna del estado al que aspira.
Y para que conste expido la presente que firmo en Gandía a siete de septiembre de mil novecientos veintiocho.
P.O. JAIME CARBONELL PLANA, Coadjutor”.
Obtenidos estos permisos, se preparó para ingresar en el convento. Mientras su madre le facilitaba lo que necesitaba, aunque con cierta pena, sus hermanos, más inclinados a la diversión, preferían que se quedase con su madre, así no se quedaba sola. Pero no era una oposición formal, ya que amaban mucho a su hermana y no deseaban disgustarla, pues querían complacerla.

 

 

Se puede decir que Josefa ingresó en el Instituto de las Religiosas de San José, ayudada por su madre Clara y por la madre Fidela, con la que había pasado muchos ratos confidenciales hablando de su vocación. Ella la fue guiando en la misión de cuidar enfermos según el estilo de su fundadora la Madre María Gay Tibau. Se despidió de todos con ilusión y alegría para comenzar su nueva vida. Las hermanas de Gandía le prometieron su cercanía y oración, así como el estar atentas de las necesidades de su madre.
La delicadeza de Josefa fue tal que no quiso marcharse sin despedirse de sus amigas, con las que había compartido sus inquietudes y que conocían sus deseos de entregarse al Señor. Estaba tan contenta de su decisión de ser religiosa que las invitó a celebrarlo juntas en su casa, preparando una merienda con pasteles y refrescos. Todas quedaron impresionadas de su alegría y decisión para seguir la voluntad de Dios, de tal manera que aún alguna lo recordaba en sus conversaciones con las hermanas, muchos años después:
“Pepita estaba radiante, con una alegría que no llegábamos a comprender”.

NOVICIADO EN GERONA
En el mes de septiembre de 1928, Josefa ingresó en el Instituto de las Religiosas de San José en la ciudad de Gerona, cuando era Maestra de novicias la hermana Marina Trías. En el noviciado había ya numerosas postulantes y novicias que seguían la formación que la Maestra les daba, siguiendo el espíritu de la Madre Fundadora. El día 7 de abril del mismo año, vigilia de Pascua de Resurrección, se había recibido el Decreto de Aprobación Pontificia del Instituto (con fecha del 16 de enero) y aún se celebraba y lo comentaban con un gozo grande todas las hermanas. Después que el Obispo de Gerona aceptara el ingreso de Josefa, debido a que superaba la edad requerida (25 años) para ingresar en el convento, inició el noviciado el 18 de marzo de 1929. Josefa ya se formó con las nuevas Constituciones aprobadas y entregadas por el obispo de Gerona D. José Vila Martínez a todas las superioras y por ellas a todas las hermanas del Instituto en marzo de 1929.

 

 

Durante el tiempo de postulantado y noviciado, Josefa iba asimilando el espíritu del Instituto y afianzándose en las virtudes que ya poseía, guiada sabiamente por la Maestra de novicias.
En el noviciado se levantaban temprano para comenzar las actividades del día, hacer la meditación y asistir a la Santa Misa. Después de desayunar hacían las tareas domésticas que tenían asignadas u otras que les asignara la Maestra de novicias. También recibían la instrucción y la formación que les daban en el noviciado sobre la Doctrina Cristiana y las Constituciones. En días señalados tenían pláticas de algún sacerdote o profesor del seminario de Gerona.

 

 

La hermana Manuela Casado recordaba la llegada al noviciado de Josefa, pues era de las novicias mayores, y les llamó la atención su persona y su ajuar que había hecho y bordado ella misma. En el Instituto se conservan varias piezas bordadas por Josefa, y su máquina de coser y bordar, que ella y su madre, regalaron a las Hermanas de Gandía cuando ingresó en el Instituto.

 

 
Otra hermana, que comenzó y terminó el noviciado con ella, la describe de esta forma:
“Yo, Rosa, conocí a la hermana Josefa Monrabal en el noviciado de Gerona. Iniciamos y vivimos juntas los dos años de esta etapa de formación. Éramos un grupo de siete novicias: Milagros Antón, María Roura, Feliciana Benito, Josefa Monrabal, Dolores Fábrega, Rosa Sesanedas y Rosa Buch. Dimos juntas pasos muy significativos en nuestra vida de consagración y vivimos juntas también momentos muy importantes: postulantado, noviciado, primera profesión de votos y votos perpetuos. Yo era muy joven y ella tenía 27 años.
Cuando ingresó Josefa en el noviciado, éramos unas treinta y cinco novicias. Cada seis meses tenían lugar las profesiones. Nos encantaba ver todo este movimiento a la vez que nos estimulaba y ayudaba en el seguimiento de nuestra vocación. Josefa gozaba con todo esto pues estaba bien segura de lo que ella se proponía al ingresar en la vida religiosa.
Me acuerdo muy bien de ella, de cómo era físicamente. Era una joven instruida; dada la buena posición económica de sus padres, tuvo oportunidad de ir a la escuela y aprender. Sabía también coser y bordaba muy bien. La recuerdo como una hermana normal, muy sencilla y humilde, no se pasaba delante de nosotras con ser ella de más edad; otro rasgo de Josefa es que se llevaba muy bien con todas, quizás por su mucha bondad y respeto; en una palabra, la definiría como una hermana muy buena. No recuerdo que los superiores tuvieran que llamarle la atención por algo; se cultivaba interiormente y se notaba en la educación y virtud. No menos importancia tenía para ella el espíritu de servicio; era muy caritativa. Su presencia era serena y tranquila.
Entre los rezos y devociones del noviciado, teníamos el Trisagio a la Santísima Trinidad, el rosario, los dolores y gozos de san José, el Oficio Parvo, y otros. A ella le gustaba rezar, conversar con el Señor, era muy piadosa.
Solía decir: -“Yo no voy a vivir muchos años”.
No entendíamos por qué lo decía. Después de su martirio y ahora, sí lo entiendo. Quizás ella presentía ya algo y vivía preparada.
Después de profesar, a mí me destinaron a Castelló de Ampurias (Gerona), donde me dediqué al cuidado de los enfermos en el hospital. A la hermana Josefa la llevaron a la comunidad de Villarreal donde cuidó enfermos a domicilio. Era a lo que se dedicaban las hermanas en esa comunidad.
Yo le tengo mucha devoción; cada día hablo con ella, le digo cosas; le pido que ella que está en el cielo pida por nosotras, por la Congregación, por todos. Y como era de mi “colla”, le digo que se acuerde también de mí, que yo pueda imitarla.
Hna. Rosa Buch Solergastó”

PROFESIÓN TEMPORAL
Cumplido el tiempo reglamentario y después de practicar los Ejercicios Espirituales, también llegó para Josefa aquel día tan esperado y que tantas veces había contemplado en sus compañeras, ahora le tocaba ser protagonista. La hermana Josefa, llena de gozo y con una disposición especial hizo su Primera Profesión el 18 de marzo de 1931. Durante este tiempo de noviciado, Josefa conoció a dos hermanas que habían vivido con la Madre Fundadora, las hermanas María Vinardell y Consuelo Mir. Con ella profesaron también varias hermanas. Su alegría externa era expresión de su vivencia interior, pues se trataba de oficializar su entrega al Señor que tanto amaba y que en su interior ya lo había hecho. También estaba ilusionada por ver a su madre y familiares, ya que unos días después de la 1ª profesión, era costumbre hacer una visita a la familia.
Su sobrina Sara recuerda cuando la hermana Josefa fue a visitarlas y la alegría que tuvieron toda la familia, y también la madre Fidela y todas las Hermanas de la comunidad de Gandía. Después de la visita a la familia, las hermanas iban destinadas a las comunidades para comenzar allí el apostolado con los enfermos. Daba así comienzo a su deseo de vivir consagrada al Señor y su Providencia sería el camino a recorrer.

 

 


4. VILLARREAL


AL SERVICIO DE LOS ENFERMOS
Es una ciudad de la Comunidad Valenciana (España) situada en el sureste de la provincia de Castellón de la Plana, a 8 Km. al sur de la capital de la provincia, hoy prácticamente unida a ella, en la comarca de la Plana Baja. Cuenta con unos 50.000 habitantes, la gran mayoría en el núcleo urbano. La ciudad tiene importantes industrias de azulejos y cerámica.
El término es un plano inclinado hacia levante y las aguas son drenadas hacia el mar directamente por los ríos Mijares y Sonella. El clima es templado- mediterráneo y las lluvias son escasas.

 

 


Se accede a esta población, por carretera y por ferrocarril (cercanías) desde Castellón y Valencia. La larga ocupación de la Plana de Burriana por los musulmanes, dejó una rica herencia de topónimos que todavía permanecen vivos y de pequeños núcleos rurales (alquerías) esparcidos por la huerta. Villarreal fue fundada en 1274 por el rey Jaime I de Aragón para afianzar la reconquista de la zona.. En la segunda mitad del siglo XIX se introduce el cultivo comercial de la naranja, que le da un gran impulso económico a la ciudad En 1905, Villareal deja de ser un pueblo, recibiendo el título oficial de Ciudad.
LA COMUNIDAD DE VILLARREAL
La comunidad de Villarreal había sido fundada en 1912, para el servicio de los enfermos en sus domicilios. Su actividad apostólica fue un interrogante para las gentes que veían a las hermanas cada día o cada noche acudir a la cabecera de los enfermos, para aliviar sus dolencias y llevar un mensaje silencioso de paz.
El pueblo estaba muy agradecido por tantos desvelos como recibían sus enfermos, pronto otras jóvenes imitaron a las hermanas y surgieron vocaciones.
A esta comunidad fervorosa que residía en la calle Tárrega, llegó la hermana Josefa Monrabal en marzo de 1931, para ayudar a las hermanas en la asistencia de los enfermos. Fue recibida por todas con satisfacción y le enseñaron cómo ellas asistían a los enfermos, cosa que la hermana agradeció mucho y puso manos a la obra con esmero, como ella sabía hacer con todo. Ese mismo año fue bendecido el oratorio semipúblico de la comunidad y su altar maravilloso, obra del escultor Pascual Amorós. El retablo de belleza extraordinaria, representaba el dogma de la Inmaculada. A la imagen de la Virgen le colocaron joyas de gran valor. Todo él era donación de la familia Barreda –Mingarro.

 

En esa capilla Josefa oraba todos los días con la comunidad y sola. Contemplaba la imagen de la Madre Inmaculada, pues a decir de las hermanas, su piedad llena de ternura y devoción, había ido en aumento. Se dirigía hacia la Virgen María y otras imágenes (Corazón de Jesús, san José...) como si las viera vivas, incluso en voz alta cuando pensaba que nadie la veía ni oía. (Test. Hna. María Ruiz)
En la comunidad de Villarreal permaneció la hermana Josefa cerca de tres años progresando en su vida de consagrada y dando gran ejemplo a todos. Su ideal era claro: la santidad.

PROFESIÓN PERPETUA: SÍ SIN CONDICIONES
Unos meses antes de hacer la profesión perpetua, Josefa se trasladó a Gerona pues, según costumbre del Instituto, pasaban los últimos meses en la Casa-madre como preparación. Antes practicaban los ejercicios Espirituales todas las hermanas; las postulantes que iban a iniciar el noviciado, las novicias que iban a hacer su primera profesión, y las Hermanas que iban a hacer los votos perpetuos. Josefa hizo su profesión perpetua el día 18 de marzo de 1934, tres años después de su primera profesión, período señalado en las constituciones aprobadas por la Santa Sede en 1928, según consta en el Archivo del Instituto. Con ella, varias hermanas también profesaron ese día. A esta Profesión asistieron su madre Clara Montaner y su hermano José Mª con su esposa Andrea Valls, para acompañarla en este día tan feliz de su vida. También a la familia le impresionó la ceremonia tan solemne y llena de significado religioso, que no estaban acostumbrados a ver.

 

 

Pasados unos días en Gerona con su madre y hermanos, éstos regresaron a Gandía contentos por ver a su Pepita tan feliz. También la hermana Josefa volvió a Villarreal con nuevos ánimos, con las energías que le daba su entrega para siempre al divino Esposo, para continuar su apostolado en el servicio a los enfermos, al lado de sus hermanas de comunidad. Los enfermos eran su razón de vivir porque veía en ellos a Cristo, y se entregaba a este servicio con todo su corazón.
A esta comunidad fue a visitarla su sobrina Sara, hecha ya una jovencita, pues desde su visita a Gandía tres años antes, no se habían vuelto a ver, y ella quería mucho a su tía porque la había cuidado en su infancia y guardaba de ella un recuerdo imborrable, era como su segunda madre.

 


5. CONFLICTO BÉLICO


EXPULSADA DE VILLARREAL
La situación política de España se había ido deteriorando mucho a partir de 1931. En los inicios de 1936, se percibían manifestaciones de odio a lo religioso y a las instituciones eclesiásticas y civiles que representaban el orden. Esta situación era cada vez mucho más fuerte y violenta, sobre todo en las ciudades y pueblos del Levante como Alicante, Gandía, Valencia, Villarreal, Castellón y toda Cataluña.
Al estallar la guerra civil de 1936, la hermana Josefa formaba parte de la comunidad de Villarreal (Castellón). En los inicios las autoridades municipales las respetaron y las dejaron ejercer su servicio a los enfermos pero sin signos religiosos externos. Las hermanas se vistieron de traje seglar y permanecieron viviendo en la casa porque les había asegurado el alcalde que a ellas no les harían nada. Pero poco tiempo después las cosas cambiaron por completo, entraron piquetes revolucionarios muy violentos procedentes de otros pueblos y las expulsaron de la casa de forma imperiosa y violenta, pistola en mano. No les permitieron sacar nada, se apropiaron de todo lo que había dentro; la casa quedó incautada en su poder, además quemaron la capilla con todo lo que había dentro, el retablo muy bello y de mucho valor, las imágenes y ornamentos, y robaron las joyas que tenía la Inmaculada del retablo, siendo las hermanas testigos impotentes para evitar aquel destrozo bárbaro.
Disuelta la comunidad, las hermanas se refugiaron en casas de familiares y en Castellón, en la clínica Operatoria de San José, del doctor Palomo, donde residía otra comunidad de Religiosas de San José, al servicio de los enfermos.
Ante esta situación crítica y peligrosa, dándose cuenta de lo que estaba pasando y que podían morir, decía la hermana Josefa:
“¡Cuánto me gustaría ser mártir, ofrecer mi vida por la conversión de los pecadores y la salvación de España, si es voluntad de Dios!”.
Estaba dispuesta a dar la vida por amor al Señor. Es un recuerdo que tenían bien memorizado las que lo oyeron, pero eso no impedía que sintiera temor y tratara de refugiarse en algún lugar seguro.

 

 


VIAJE DE CASTELLÓN A GANDÍA
La madre Elena Campmol, superiora general del Instituto, ante la situación tan conflictiva, envió a las comunidades un comunicado en la que autorizaba a las hermanas a poder irse con sus familias o a otros lugares seguros, hasta nuevo aviso, pues pensó que era la mejor manera de salvarles la vida. La hermana Josefa, que se encontraba en Castellón, decidió ir con su familia porque Gandía quedaba cerca, en la misma zona de conflicto. La hermana Fortunata Parés, que residía en la comunidad de Castellón, les advirtió del peligro que podrían correr si las reconocían como religiosas: “No os vayáis, es peligroso, os pueden matar”, a lo que la hermana Josefa con toda serenidad, respondió:
“Si nos matan, seremos mártires”.
Y ella y otra hermana, María Cortés, se dirigieron a Gandía con sus familias, como medida de prudencia para preservar sus vidas de la persecución que se había desatado contra todo lo religioso.
Pasado el conflicto, años después María Cortés, refirió que en el tren se cruzaron con los que serían los asesinos, entre los que estaba el joven Pepe, y que la hermana Josefa conocía muy bien por haber sido vecino suyo, pero éste no la reconoció y la hermana Josefa trató de pasar desapercibida para no llamar su atención.
Este joven, Pepe, había abandonado hacía años, el hogar familiar y se había ido a Barcelona donde se unió a grupos revolucionarios, siendo condenado a muerte por perpetrar un atentado contra una autoridad importante, resultando fallido, pena que se le condonó a cadena perpetua por intercesión de los jesuitas de Gandía, a ruegos de sus padres que trabajaban con ellos. Cuando estalló la revolución y fueron liberados los presos, Pepe también fue liberado y continuó sus actos violentos con los milicianos en Barcelona, hasta que pasó a Gandía.

 

 

 
DE NUEVO CON SU MADRE CLARA
Llegada a Gandía, la hermana Josefa se fue a la casa de su madre para quedarse hasta que el conflicto terminara, en tanto le ayudaba en los quehaceres de la casa y también fue a ayudar a una señora farmacéutica joven que tenía una criatura muy pequeña y que a su marido lo habían asesinado hacia unos días.
En cuanto pudo, la hermana Josefa y su madre, fueron a visitar a las hermanas de la comunidad, encontrándolas asustadas y temerosas porque a menudo venían los milicianos a registrar la casa. Las dos vieron el peligro que corrían, sobre todo la madre Fidela Oller que era la más perseguida debido a su cargo de superiora de la comunidad. Como no estaba en la casa, Josefa preguntó por ella y las hermanas le dijeron dónde estaba refugiada. Al volver, como les quedaba de camino, fueron a visitarla pasando por la calle Valier donde estaba la madre Fidela. El encuentro fue emocionante y alarmante al ver la situación en que se encontraba la madre Fidela y la misma comunidad. La hermana Josefa y su madre le ofrecieron la casa de su hermano para refugiarse. La madre Fidela estaba dudosa de salir de aquella casa donde se encontraba muy segura, pero la hermana Josefa le insistió tanto que la convenció diciendo que iría con ella y estarían también muy seguras en la casa de su hermano Andrés, que no les pasaría nada. Este había ido con su esposa Dolores Matoses y sus hijos, a vivir a una casita de las afueras de Gandía, abandonada por sus dueños por causa de la guerra, y les dejaba el piso libre. Estaba en la calle calle Baix, número 15. La madre Fidela decidió irse con la Hna. Josefa a casa de su hermano.



EN UNA CASA MÁS SEGURA
Una vez tomada la decisión de cambiar de domicilio, la madre Fidela y Josefa sin tardar, prepararon lo indispensable y se trasladaron a la casa de su hermano Andrés.
Cuando llegaron, los vecinos las saludaron porque conocían a las dos, nada sospecharon de lo que podía estar pasando. Iban vestidas con una bata negra larga y no llevaban toca de monja. Subieron la escalera hasta el piso primero, esa era su casa. Esta escalera, desde la calle, daba acceso al resto de los pisos de los vecinos que vivían en la planta superior, entre ellos una niña, Josefina Navarro, que también fue testigo de su detención.

 

 

 

 
En este piso pasaron la Madre y la Hermana pocos días, encerradas, sin salir para nada, pasaban el tiempo rezando y en silencio. La comida se la llevaba diariamente la madre de Josefa, la vecina de la planta baja que tenía patio interior, la ponía en un cesto sujeto a una cuerda y las hermanas la subían. Luego la Sra. Clara se marchaba a donde vivía entonces su hijo Andrés y familia.

 

 

Según decía su sobrina Sara, su tía Josefa y la madre Fidela estuvieron refugiadas en la casa durante tres días y medio, sin salir de ella. Ella iba a verlas casi cada día.
Nunca la familia de Josefa ni la comunidad de Gandía, supieron después quien las acusó o cómo supieron los milicianos el lugar de refugio de la madre Fidela, o qué caminos recorrieron para encontrarla.

6. UNIDAS EN LA MUERTE


DONDE VA LA MADRE, VOY YO
En una noche de agosto la familia de la planta baja formada por el matrimonio José María Aparisi, Dolores y su hijo José, estaban cenando a la puerta de casa, como era costumbre en verano. Se presentaron unos milicianos armados que bajaron de un coche descapotable llamado “La Pepa”. Entre ellos estaba un tal “Pancho Villa”, otro llamado “El Reyet”, que era vecino del mismo barrio, y una miliciana que llevaba dos pistolas al cinto. El tal “Reyet”, llamado Pepe P G, vecino de la calle Yeserías, dirigiéndose al padre, le dijo:
-“José María, ábrenos la puerta de la escalera que venimos a por las monjas”.
Él les dijo que no sabía nada de monjas, que allí no vivía nadie; que los dueños se habían ido a la playa de Rifalcaid.
Entonces uno de ellos dijo:
-“Aquí están las monjas y vosotros tenéis la llave”.
Insistieron dos o tres veces. Amenazaron en que si no les abría, forzarían la puerta. Y así lo hicieron. Forzaron la puerta, entraron en casa y subieron al primer piso. Allí estaban refugiadas la madre Fidela Oller Angelats y la hermana Josefa Monrabal Montaner. Cuando ellas oyeron que subían los milicianos, les abrieron la puerta. Les dijeron que iban a hacer un registro y al cabo de un rato bajaron con las dos hermanas detenidas.
El “Pacho Villa” le dijo al Sr. José Mª:
-Con que no había monjas, ¿eh? Tú, al coche también.
Pero el “Reyet”, que conocía a José María porque era de allí y vivía en la calle siguiente, le dijo:
-“Oye, que ese es un ignorante labrador, que éste me creo que no sabría nada de que eran monjas”. Y le dejaron.
Delante de la familia, subieron al coche a la madre Fidela con
tan malos modos y tanta violencia que le rompieron un brazo.

 

 

Ellos sólo querían llevarse a la madre superiora, pero la hermana Josefa no quiso separarse de ella, a pesar de ser advertida de que no lo hiciera porque correría la misma suerte. La hermana Josefa les respondió:
-“Donde va la madre, voy yo también, yo no la abandono”.
Luego la hermana Josefa le dijo a “El Reyet”, que era vecino:
-“Déjame ir a despedirme de mi madre”.
Y él le respondió:
-“Dentro de cinco minutos ya estaréis aquí”.
La hermana Josefa había cerrado la puerta del piso y dijo a la mujer:
-“Dolores, tenga usted la llave”.
El tal “Pancho Villa” dirigiéndose otra vez al José María muy duramente, le dijo:
-“¡Éste sabe demasiado! Tú, por encubridor, al coche también”.

Los vecinos estaban conversando en la calle, al ver llegar el coche llamado “La Pepa”, llenos de pánico, corrieron a esconderse aterrados, porque sabían que venían a buscar a alguien, y espiando a través de la persiana, veían lo que estaba pasando en la calle. Una vecina, creyendo que iban a buscar a su marido, quiso salir, pero el hijo del dueño de la casa se lo impidió. Al cabo de poco rato bajaron los milicianos con las hermanas y el vecino, que estaba mirando, le dijo:
“Se llevan a las monjas y al señor Aparisi”.
Y se llevaron a la madre Fidela, a la Hna. Josefa y a José María Aparisi por la carretera en dirección a Valencia. Por el camino el “Reyet” le dijo a “Pancho Villa” y a los demás milicianos:
-“¡Vamos!, dejad que baje José María, que éste es un ignorante, un hombre del campo, y no sabe nada de todo esto”.
Y así lo hicieron. Al llegar a la zona del castillo de Bairén pararon el coche e hicieron bajar a José María.
El “Reyet” bajó con él y le dijo en voz baja:
-“Márchate corriendo por medio del campo, no vayas por la carretera que si éste te ve, te matará”.
El coche con las religiosas continuó hacia Valencia.
José María, muerto de miedo por lo que había visto y lo que sospechaba, sofocado y cansado, llegó a casa y contó todo lo ocurrido a su esposa. También dijo que las dos monjas iban apenadas, pero serenas y silenciosas.
Este señor lo pasó muy mal del susto y de pensar que dejaba a la mujer y al hijo. Según éste, a su padre le quedó una dolencia de estómago que le duró toda su vida.
Los vecinos quedaron consternados sin saber cómo reaccionar esperando que las religiosas volvieran al piso, como habían oído decir al “Reyet”:
-“Dentro de cinco minutos ya estaréis aquí”.
Pero pasaba el tiempo y pasó la noche y las religiosas no regresaron, los vecinos no salieron de la casa por miedo.
Sor Josefina Navarro, que entonces era una niña y vivía en el piso superior a las Hermanas, también vio la escena desde la ventana de su casa y como se los llevaron, pero hasta el día siguiente no supieron ni ella ni los vecinos, lo que había pasado ni lo qué habían hecho con las dos religiosas

CAMINO DEL MARTIRIO
El coche de los milicianos, que había seguido por la carretera en dirección a Valencia, al llegar al cruce con el camino de Xeresa, en el lugar llamado de la Crehueta, entró unos metros, paró y las hicieron bajar. En aquel mismo lugar las mataron.

 


A la madre Fidela le dieron un disparo en la espalda y otro en la sien y a la hermana Josefa le dieron un disparo en el cuello y otro en la región lumbar, provocándole una fuerte hemorragia. Ambas cayeron juntas y allí permanecieron hasta el día siguiente.
Los vecinos de los alrededores oyeron los disparos en la noche calurosa del mes de agosto. Algunos aseguraban que habían oído voces, insultos, disparos y quejidos de dolor y poco tiempo después, nada, silencio absoluto.
Según los vecinos de Xeresa, aquel mismo día habían ido los milicianos a hablar con los de la barricada, que si oían tiros, es que iban a matar monjas de Gandía, y por la noche, después de realizada la fechoría, fueron a comunicarles que ya estaban muertas, que eran dos monjas de las Veladoras de Gandía (Religiosas de S. José). Los vecinos escucharon esto desde el patio de su casa aterrorizados, porque, como católicos que eran, también eran objetivo de los milicianos, que ya habían cometido otros crímenes en el mismo pueblo, de personas de allí y de Gandía.
Aparecieron junto al camino los cadáveres de dos mujeres que, según dijeron las gentes del pueblo, eran dos monjas. Una señora llamada Matilde Cardona, que vivía en la primera casa del pueblo, oyó los disparos y al día siguiente mandó a sus hijas Julia y Vicenta a ver qué había pasado, por si era una prima suya, religiosa de Gandía, que estaban esperando para refugiarla en su casa.
Su hija Vicenta Fluxá lo cuenta así: “Yo tenía 11 años cuando empezó la guerra. La casa de mis padres estaba situada a la entrada de Xeresa; era la primera casa del pueblo viniendo de Gandía por el camino viejo, llamado también “camino de la Crehueta”.
Un día a las ocho de la mañana, me acuerdo que era domingo, o fiesta de misa, pero no había por la guerra, mi madre nos dijo: “Ir a ver qué pasó allí abajo. Esta noche dicen que han fusilado a dos monjas, a ver si una es la tía”.
Mi madre nos dijo a mi hermana Julia y a mí que fuésemos al lugar donde estaban los dos cadáveres y comprobásemos si alguno de ellos era el de la tía monja que se llamaba Salvadora. Allá nos fuimos mi hermana y yo, tan decididas con otra amiga nuestra. Serían las ocho de la mañana. Antes de llegar a la carretera general, a un lado del camino yo vi los dos cadáveres. Uno estaba boca abajo, era la que tenía mayor edad; y el otro, un poco de lado, era la más joven. Los dos estaban juntos y muy decentes, pero no llevaban hábitos. Mi hermana y yo nos acercamos para comprobar si alguno de esos dos cuerpos era el de nuestra tía. Así lo hicimos pero vimos que no, ninguna lo era.
Los dos cadáveres estaban en medio de un charco de sangre y se les apreciaban las heridas producidas por arma de fuego. De los dos cuerpos, el de la más gruesa tenía una herida muy grande en la cadera y mucha sangre al lado, y la otra tenía una herida en la cabeza.
Junto a los cadáveres había otras personas mirándolos, que yo recuerde ahora había unos hombres y algunas mujeres. Recuerdo perfectamente que una mujer al ver los cadáveres tuvo aprensión y se mareó. También recuerdo que otra mujer empezó a gritar insultándolas, diciendo: “Mira estes goses encara están ahí chitaes y dormin” (Mira esas perras todavía están ahí acostadas y durmiendo). Al mismo tiempo que decía esto, les daba puntapiés mientras se secaba la cara. Todas estas personas ya han fallecido.
Mi hermana y yo, asustadas por el panorama que acabábamos de contemplar, regresamos corriendo a nuestra casa y le contamos a nuestra madre lo que habíamos visto y que ninguno de los dos cadáveres era el de nuestra tía, como ella pensaba. Una llevaba el rosario enrollado en la muñeca, no recuerdo haber visto más cosas.
Yo le dije a mi madre que no me mandase más a estos encargos, que a decir la verdad fue muy dura esa escena que vimos. Yo aún la recuerdo tan viva como aquel día ya tan lejano y en mi mente tan presente”.

 


Otros testimonios de la muerte de las dos religiosas fueron un señor llamado Eduardo Tormo y su hijo.
De madrugada regresaban de Xeraco a donde habían ido por el negocio del esparto con su carro. Era el dueño de la casa donde había estado refugiada la madre Fidela antes de que viniera a buscarla la hermana Josefa Monrabal. Ellos, al pasar, vieron los cuerpos tendidos en el camino y el chico dijo a su padre: “Mira, esas son las zapatillas que le compramos a la madre Fidela”.

 

 


Plano del lugar del martirio, en el término de Xeresa. El círculo rojo señala el lugar. El círculo rojo señala el lugar
Y, sin parar, pues era peligroso bajar porque había gente observando, arrearon al animal para llegar pronto a Gandía.
Allí supieron que era verdad que habían desaparecido las dos religiosas durante la noche y ellos dijeron dónde las habían visto muertas. Su hija, Vicenta Tormo guardó el recuerdo de todo lo sucedido y después lo escribió. 


POR LAS CALLES DE XERESA
Los cadáveres permanecieron en el lugar del martirio hasta bien entrada la mañana de aquel día de agosto. Mucha gente del pueblo acudió para verlos. Antes del mediodía los recogieron y los cargaron en un camión para trasladarlos al cementerio de Xeresa y darles sepultura. Este camión pasó por el pueblo con los cadáveres y paró a la puerta del trinquete o frontón, y la testigo Sra. Adela Miralles, niña entonces, salió a la puerta y vio con sus propios ojos el camión rodeado de gente curiosa, entre las que había personas sin escrúpulos y con descaro proferían insultos y palabrotas contra las monjas. Ella no se movió de la puerta de casa porque sus padres no la dejaron, pero sí que oyó y presenció esta desagradable escena. Oyó decir a los mismos milicianos de la barricada que las dos religiosas que habían fusilado eran de Gandía. Eran de las Veladoras de Gandía, que se dedicaban a cuidar a los enfermos de noche en sus propios domicilios.

 



Alguna gente del pueblo que acudió al cementerio, aún seguían burlándose de las religiosas, pero otras personas como la señora Matilde, que también fue, sólo quería ver donde las enterraban para tenerlo en la memoria y poderlo comunicar a la familia. Las enterraron allí en una fosa cavada en la tierra atadas juntas, sin envolverlas ni nada, junto a otros cadáveres que ya había Y el enterrador las ató juntas. Dijo que era para que se reconocieran cuando las desenterraran.
Fue notoria y pública para todos los habitantes de Xeresa la muerte de estas dos religiosas sólo por ser tales, las vieron en la carretera, en la camioneta y en el cementerio.
Cuando la señora Clara Montaner fue al día siguiente a llevar alimentos para su hija Josefa y la madre Fidela, los vecinos le explicaron lo que sabían. Sus hijos fueron enseguida al ayuntamiento para ver si conseguían saber su paradero. Allí les devolvieron las llaves del piso, que habían dejado los milicianos y les comunicaron que habían sido fusiladas en Xeresa aquella misma noche. La señora Clara quedó petrificada por lo que sentía, llena de dolor por la pérdida de su hija y con sus dos hijos, destrozados por lo sucedido, fueron en busca de los cadáveres. Llegados al lugar donde las mataron, ya no estaban, ya habían retirado los cadáveres. Siguieron camino a Xeresa.

 

 

Al llegar a la primera casa del pueblo, preguntaron por las dos religiosas que habían asesinado durante la noche y precisamente a la señora Matilde, que vivía en aquella casa. Ella les acompañó al cementerio para que vieran donde habían sido enterradas. Los familiares hablaron con el enterrador para ver si las podían trasladar a Gandía, pero él les dijo que al estar enterradas, ya nada se podía hacer, pues temía alguna represalia de los milicianos de las barricadas.
¡Qué tristeza e impotencia para la señora Clara, madre de Josefa! toda la noche sin que nadie le dijera nada de su hija y a la mañana siguiente cuando se enteró, ya era demasiado tarde.

LAS HERMANAS DE LA COMUNIDAD DE GANDÍA
No se presentaron en el lugar del martirio porque estaban presas en la cárcel de Valencia desde el día anterior. Según testimoniaron después las hermanas de la comunidad, diciendo esto:
“El día 28 de agosto de 1936, sobre las 4 ó 5 de la tarde volvieron los milicianos de nuevo a la casa con la pistola en mano y con un camión de esos de llevar cerdos, en busca de la Superiora, registraron la casa, y a las hermanas que encontraron en ese momento, que éramos: Concepción Esteller, Trinidad Safont, Nuria Brugué y Lucía Vergés, nos hicieron subir al camión, con mucha fuerza y energía, con mucho miedo, pero puestas en las manos de Dios, pues no sabíamos lo que sería de nosotras, emprendimos el viaje. -“¿A dónde nos llevarán? El camión tomó rumbo a Valencia. Por el camino paraban y decían entre ellos: ¡qué buen sitio para matarlas!
Pero volvían a emprender la marcha...
Nos preguntábamos qué harían con nosotras. Pensábamos que en cualquier momento nos harían bajar y nos dispararían. Lo cierto es que no sabemos cómo nos salvamos. Llegadas a Valencia, a la C. N. T. (Confederación Nacional del Trabajo), estuvimos toda la noche detenidas en una sala, nos molestaron mucho esa noche y sufrimos bastante; nos interrogaron una a una sobre lo que hacíamos en Gandía. Siempre contestamos igual: que éramos religiosas y que cuidábamos a los enfermos de día y de noche. Nos ofrecieron leche, pero no la tomamos. A la mañana, o más bien casi de tarde, nos mandaron marchar a nuestras casas, diciendo que era porque habíamos dicho la verdad. Nos llevaron a la estación y a cada una nos hicieron subir al tren para ir donde habíamos dicho.
Habían quedado en Gandía las hermanas Dolores Quero y Concepción Casadevall, que estaban cuidando enfermos en sus domicilios cuando hicieron el registro. Al regresar a la casa por la mañana, no encontraron a las hermanas; había otras personas que la ocupaban, apoderándose de todo y tuvieron que volver a las casas de los enfermos que cuidaban. Ellos las acogieron hasta pasada la guerra. Las hermanas Fidela Oller y Josefa Monrabal que estaban refugiadas, no supieron que se habían llevado a las hermanas ni que la casa de la comunidad quedó en poder de los milicianos, que destruyeron todo lo que había de religioso: imágenes, altares, ornamentos, etc. La casa había quedado incautada.
Pasado un tiempo, la noticia del martirio de las dos religiosas llegó al Gobierno General de la Congregación y a los familiares de la madre Fidela.

En 1939 se trasladaron los restos de las dos religiosas Fidela y Josefa de Xeresa a Gandía. En solemne funeral fueron enterrados en el cementerio. Actualmente están colocados en la capilla de la comunidad de las religiosas de s. j. de Gandía en la calle P. Gomar.
Su Santidad el papa Francisco firmó el decreto de martirio el día 22 de enero de 2015, festividad de San Vicente mártir.