FIDELA OLLER ANGELATS (1869-1936)

1. EN LA CIUDAD DEL LAGO - BAÑOLAS (Gerona)
2. UN IDEAL CONSEGUIDO: SER RELIGIOSA
3. SUPERIORA EJEMPLAR
4. PLENITUD DE UNA VIDA
5. UNIDAS EN LA MUERTE

 

 

1. EN LA CIUDAD DEL LAGO - BAÑOLAS (Gerona)

LA CIUDAD QUE LA VIO NACER

La villa de Bañolas pertenece a la provincia de Gerona (España). Está situada a orillas del lago que lleva su nombre. Se puede navegar por él en pequeñas embarcaciones y es apropiado para prácticas deportivas.
Goza de un clima benigno y templado, pero la proximidad del Pirineo hace que los inviernos sean más fríos.

 


Está bien comunicada con la capital, Gerona y enlaza con otras vías de comunicación hacia Barcelona.
Bañolas era y es el centro de una rica y fértil comarca agrícola y ganadera. A ello contribuye sin duda el lago, que provee de agua abundante para el riego de los campos y huertos, cuyos productos son muy variados. La industria era derivada de la fabricación de tejidos y paños. El comercio proviene de las industrias establecidas.
El origen de la ciudad es muy antiguo. Los romanos de Ampurias llegaban hasta el lago donde construían pequeñas villas a su alrededor. En el siglo IX aparece en documentos carolingios y ya era una importante ciudad medieval como muestra el monasterio de san Esteban fundado hacia el año 812 por los monjes benedictinos, y la grandiosa iglesia de Santa María dels Turers. 


El primer monasterio benedictino era muy pequeño. En años posteriores, los monjes fueron ampliando el recinto llegando a ser un gran monasterio, con biblioteca, molino, hospedería, basílica y un huerto espacioso. La tenacidad de los monjes hace que la población de la comarca transforme los páramos en fértiles tierras de cultivo, creciendo poco a poco a su alrededor un pueblo agrícola, actuando el Abad como señor feudal.


Monasterio de san Esteve


Llegó a ser una ciudad amurallada para defenderse de las frecuentes invasiones. En su recinto se encontraban el Santo Hospital, la actual Plaza dels Turers, el Monasterio, la iglesia de Santa María dels Turers y calles y plazas adyacentes. La orden de exclaustración (1835) dejó el Monasterio desierto y los benedictinos marcharon para no volver más. Después de saquear al monasterio de todo lo que tenía de valor, el ayuntamiento entregó el edificio al obispado, recibiendo esta donación D. Constantino Bonet y Zanuy en 1863, transformándolo en Casa-Misión del obispado.
Contaba la ciudad con unos 5.000 habitantes.
La vida religiosa impregnaba la vida diaria del pueblo, profundamente cristiano. Era importante la celebración de las Cuarenta Horas de adoración al Santísimo Sacramento y diversas fiestas a lo largo del año cristiano. Daban una importancia especial a todas las celebraciones de la Semana Santa. La procesión del Corpus y la fiesta de la Purísima eran otros dos grandes días festivos religiosos. Cuando llegaba el buen tiempo también eran frecuentes las romerías a las ermitas que rodeaban la ciudad para implorar la protección de la Madre de Dios y otros santos, donde se acudía por gremios mientras se rezaba el rosario, y se manifestaba la piedad mariana de los habitantes de Bañolas y sus alrededores. Se destaca el santuario de Santa María del Collell. Este santuario ejerció durante un tiempo la función de seminario menor. El patrón de Bañolas es san Martirián que se celebra en octubre. La asociación más importante de Bañolas en 1883 era la “Juventud Católica”.

 

FAMILIA OLLER ANGELATS: “RAJOLERS”

La familia Oller contaba con una industria familiar de alfarería de tejas, ladrillos y losetas (rajolas), heredada de sus antecesores. Este era el oficio del abuelo Lorenzo Oller Bartra, de su hijo Lorenzo Oller Verdaguer y Margarita Angelats Frigola, su esposa. Sus descendientes continuaron la industria familiar.

 

 

Su primera hija, Dolores, nació en esta ciudad de Bañolas (Gerona), el 17 de septiembre de 1869. Fue bautizada el mismo día en la parroquia de Santa María dels Turers, con los nombres de Dolores, Margarita, Teresa. Al cabo de dos meses recibió el sacramento de la confirmación por Monseñor Constantino Bonet, obispo de Gerona. Era la mayor de cuatro hermanos: Lorenzo, Teresa y Salvador.

 

 

 

El matrimonio Oller Angelats, siguiendo las tradiciones populares, educaron a sus hijos en la fe, el amor a Dios y al trabajo.


INFANCIA Y JUVENTUD

Dolores pasó su infancia en Bañolas con su familia. Llegada a la edad escolar asistió a la escuela, donde aprendió lectura, escritura, cuentas y bordados aunque las niñas no tenían obligación de asistir.
La enseñanza en las escuelas se iba normalizando muy lentamente. A ellas asistían unos 400 niños y alrededor de 270 niñas, entre las públicas y las privadas. Cabe señalar el colegio de los Hermanos Gabrielistas, y los colegios regentados por religiosas: Carmelitas, Clarisas de la Divina Providencia y las Religiosas Hijas del Sagrado Corazón de Jesús. En dichos colegios se enseñaba formación moral, religiosa y las clases elementales. Muchas jóvenes con edades tempranas, se integraban en las industrias de hilados o trenzado de ajos, para colaborar en la escasa economía familiar.
La educación cristiana y religiosa se recibía en la familia y en la parroquia. Los niños acudían a la misma para aprender el catecismo a través de las explicaciones del párroco, así se preparaban para la primera comunión.
La vida de la familia Oller Angelats transcurría tranquila entre los trabajos que suponía mantener la fabricación alfarera, y los acontecimientos que, más o menos relevantes, ocurrían en la ciudad.

 

LLEGADA DE LAS RELIGIOSAS DE SAN JOSÉ AL HOSPITAL

El Hospital de Bañolas había nacido al abrigo del Monasterio. En 1722 ya figuraba como “Hospital de Pobres, llamado de san Roque”. Años más tarde pasó al Ayuntamiento y funcionaba como asilo de los vecinos más pobres de la villa. Cerca quedaba la vivienda de la familia Oller.
En 1850 cuidaba de los enfermos una “hospitalera” viuda, que vivía con su familia en el mismo edificio. También había otro cargo gratuito, el de limosnero, que se encargaba de recoger recursos entre la población para los enfermos del Hospital. Con los años se trasladó de nuevo el Hospital a la calle Gerona.
La llegada de las Religiosas de San José a Bañolas el 14 de junio de 1880, para atender a los enfermos del Santo Hospital, fue un acontecimiento notable para la ciudad.

 

 


El pueblo las recibió con mucha alegría porque las esperaban con ansias de ver mejorada la atención a los enfermos, firme propósito de la Junta del Hospital y del mismo Alcalde. Las Hermanas, con su servicio, no decepcionaron al pueblo ni a los enfermos.
Dolores, que ya tenía 11 años, también se dio cuenta de la presencia y actuación de las hermanas, cuyo espíritu fue calando en su vida, y despertó en ella una fuerte atracción hacia lo que las hermanas hacían: asistir a los enfermos. Las enseñanzas de su piadosa madre ayudaron a ir descubriendo la vocación religiosa de Dolores para dedicar su vida al servicio de los enfermos.

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FALLECIMIENTO DE LORENZO OLLER

Todos los miembros de la familia estaban empleados en el negocio familiar, que les proporcionaba un cierto bienestar económico. En 1888, el Sr. Lorenzo Oller, padre de Dolores, fallecía a los 46 años. Los hijos quedaron al cargo de la madre, viuda, que hubo de mostrar gran fortaleza para sacarlos adelante Se cuenta en la familia que el Sr. Lorenzo falleció por atender un familiar altamente contagioso. Él se ofreció a este caritativo acto porque a los demás les daba aprensión por temor al contagio y él se sentía fuerte para poder afrontarlo, pero no fue así. Se contagió y a los pocos días falleció. Este hecho luctuoso afectó grandemente a la familia. Dolores contaba con 18 años; Lorenzo, 15; Teresa, 13, y el menor Salvador, sólo tenía 8 años. Vivía con ellos el abuelo Lorenzo Oller, también alfarero, que fue el apoyo de la viuda y de los nietos y quien sacaba adelante este pequeño negocio familiar del que vivían, con la ayuda de todos, principalmente del hijo mayor Lorenzo, que continuó después con la pequeña industria familiar.
Su madre Margarita les inculcaba a ser fieles en el trabajo, dándoles ejemplo y enseñándoles a superar las dificultades. Dolores, como hija mayor, se tomó muy en serio el ayudar a su madre en las tareas domésticas y a sus hermanos para mantener la familia. La madre, además, no descuidó sus deberes religiosos, fomentando la devoción y el amor a la Santísima Virgen por medio del rezo del rosario y otras prácticas piadosas. Ella pedía siempre la vocación religiosa para alguno de sus hijos y su plegaria fue escuchada por el Señor. Dolores ingresó en el Instituto de las Religiosas de San José, y Salvador en la Congregación de los Hermanos Maristas.

 

2. UN IDEAL CONSEGUIDO: SER RELIGIOSA

INGRESO EN EL NOVICIADO

Dolores había frecuentado el trato con las Hermanas del Hospital, y tenía como director espiritual un celoso misionero de Bañolas. Convencida de su vocación religiosa, y apoyada por su madre, ingresó en el Noviciado de las Religiosas de San José en Gerona. Pasados unos meses, no sintiéndose capaz de llevar esta nueva forma de vida, el recuerdo de la familia, de la que sentía la responsabilidad de ser la mayor y de ayudar a su madre viuda, decidió regresar de nuevo a su casa.
Esta decisión no la dejó tranquila ni feliz, pues seguía sintiendo la llamada a ser religiosa. Le entró una gran pena, le pesaba haber dado este paso atrás, y con frecuencia, se refugiaba sola en un rincón de la cocina para desahogarse. Su hermano Salvador recordaba que, al volver él del colegio, la había visto llorar allí, dando a entender que lamentaba profundamente su equivocación. Fue tan impactante este hecho, que la familia siempre lo ha tenido presente y que todavía recuerda.
En esta situación, Dolores se vio apoyada por toda la familia que la ayudó a discernir el camino a seguir y decidió regresar al noviciado de Gerona.
Volvió a pedir su ingreso a la misma Congregación y fue admitida el 12 de mayo de 1892, siendo un ejemplo para todas. Como había costumbre, en esas fechas, de cambiarse el nombre de bautismo, ella eligió el nombre de Fidela, pidiéndole a Dios que le concediera la gracia de la fidelidad hasta el final de su vida, como manifestó a algunas hermanas años más tarde.
El mismo año vistió el hábito junto a otras nueve jóvenes. Desde entonces emprendió valerosamente la carrera, y no era de extrañar, porque desde muy joven tenía mucha inclinación a la piedad y vida espiritual, según relató su hermano Salvador. Los consejos de su querida madre habían calado profundamente en su corazón, haciéndolos vida.
Era entonces la formadora de las novicias la hermana María Vinardell que había vivido varios años con la Madre Fundadora María Gay Tibau y conocía bien el espíritu de los orígenes. Uno de los objetivos de la maestra era hacer entender a las novicias ideas claras del Instituto, pues de su formación dependería la continuidad del mismo. El noviciado estaba bien organizado: tenían las horas dedicadas al rezo comunitario, devociones, lecturas espirituales para formar el espíritu y la mente, trabajos de la casa, labores de costura y la explicación asidua sobre cómo asistir a los enfermos. Todos los días leían pausadamente las Constituciones con libertad de anotar lo que no se comprendía para después preguntar al Director. También se estudiaba la doctrina cristiana explicada por el padre Claret, que se podía sustituir por la plática de algún sacerdote. Durante los recreos podía recibir visitas de amistad o no necesarias pues las necesarias se podían recibir a cualquier hora. En los dos años de Noviciado, se formaban en las virtudes que habían distinguido a la Madre Fundadora, y que tanto destacaron después en la vida religiosa de la hermana Fidela: piedad, humildad, prudencia, sencillez, espíritu de sacrificio y amor al trabajo.
Durante este tiempo en 1893, se iniciaron los trabajos para la construcción de la nueva iglesia en la casa Madre, colocándose la primera piedra en un solemne acto presidido por el obispo D. Tomás Sivilla, asistido por varias autoridades eclesiásticas. Le acompañaban el Juez Municipal, el arquitecto de la obra y señores principales de Gerona y un gran número de hermanas y novicias. Fue un trabajo muy importante para el Instituto pues crecía en todas las dimensiones hasta poder tener una iglesia tan grande.

 

 

 


PROFESIÓN RELIGIOSA
Transcurridos los dos años de formación en el noviciado, fue propuesta al Obispo de Gerona para hacer su profesión. Después de ser examinada por los eclesiásticos y obtenido el permiso, hizo su primera profesión el 17 de noviembre de 1894. Tenía 25 años. Con ella profesaron Inés Pagés Grivé, de 19 años, y Teresa Canal Vila, de 23 años. Las tres habían iniciado el noviciado en noviembre de 1892. Su gozo fue grande por el sí generoso dado al Señor.
Pasados los años de primera profesión establecidos en las constituciones, hizo profesión perpetua, el 13 de octubre de 1902. Su apostolado de caridad se desarrolló con los enfermos tanto en la atención a domicilio en Gerona, como en los hospitales, aliviando los dolores en su enfermedad y procurando que recibieran los sacramentos, sobre todo cuando se hallaban en peligro por enfermedad grave.
Su primer destino fuera de Gerona fue la ciudad de Olot. También los enfermos de Olot se beneficiaron de las atenciones y cuidados de la joven hermana.

 



La Hermana Fidela vivió con algunas hermanas que habían conocido a la Fundadora y la ocasión de percibir el fervor de los años fundacionales. Pasó gran parte de su vida religiosa en el cargo de superiora en distintas comunidades. Las hermanas que la conocieron y la trataron dicen de ella que era una gran persona: amaba mucho a las hermanas, era piadosa, humilde y cumplidora del deber, acogedora para todos, abierta y caritativa de forma que cuantos la trataban quedaban edificados.

3. SUPERIORA EJEMPLAR

MALGRAT DE MAR

La historia de Malgrat de Mar siempre ha estado íntimamente ligada al próximo castillo de Palafolls, donde surgió inicialmente la población, en 1373, y a su estratégica posición en la vía que comunicaba Barcelona y Girona. Tradicionalmente la población se ha dedicado a la agricultura, a la que se le unirá un significativo comercio marítimo. En el siglo XIX, con el proceso de industrialización, la localidad adquiere un fuerte peso industrial centrado principalmente en el lino.
A finales de siglo la corporación municipal de Palafols solicita una comunidad de religiosas al Obispado de Gerona para atender el sencillo hospital de la localidad aneja de Malgrat de Mar. La comunidad, formada por cuatro religiosas, fue fundada en 1892. Estaba situado en la calle Passada, y tenía dos plantas y un huerto. En la primera planta había un local para el médico, la cocina y el comedor; en la planta superior había dos salas para enfermos, una para hombres y otra para mujeres. También se encontraba una sala con las camarillas de las hermanas. Aneja al edificio había una pequeña iglesia que se cedió para el servicio del Hospital.
Como aumentó el número de enfermos, se incrementó el número de hermanas. La hermana Fidela llegó en 1911 como superiora de la comunidad de Malgrat, formada por las hermanas Verónica Sala, Facunda Margenat, Agustina Pagés, Josefa Teixidor y Emilia Fortiá, que se ocupaban de atender a los enfermos de la población en el Hospital y a domicilio en Palafols.

 

 

 

Los enfermos acogidos en el Hospital eran tratados con sumo respeto y delicadeza, procurando que no les faltase lo necesario. La madre Fidela estaba atenta a que las hermanas hicieran su servicio con espíritu de caridad y lo mismo les decía a las hermanas que salían a cuidarlos en sus domicilios.
La madre Fidela residió en esta comunidad hasta 1917. Allí recibió las visitas que su hermano Doroteo le hacía, siendo director o profesor del externado marista de Mataró. En estas visitas, vio cómo era su hermana y cuenta en una carta que era una verdadera religiosa y superiora. Destacaba en ella su piedad, regularidad de vida, particularmente por su amor a los subordinados y su “savoir faire” entre la gente. Pudo convencerse que verdaderamente era querida por todos. Las hermanas sentían por ella un gran cariño y respeto por su vida ejemplar.
También le pareció a su hermano que Fidela estaba preocupada y asustada por las noticias sobre la guerra mundial. Así lo escribía el Hno. Doroteo a su madre en una carta que él mandó a través de su hermana Fidela, y donde ella escribe lo siguiente:


“Sra. Margarita Angelats
Amadísima madre en Jesús y María. Les mando esta que acabo de recibir del Hno. Doroteo, y veréis cómo siempre está de broma; le dice que yo estoy asustada de la guerra, no es verdad, qué tengo que ver yo con la guerra, lo que debemos rogar mucho a Dios que se acabe pronto. Deseo que paséis muy bien las fiestas de San Martirián.


Saludos a mi querido hermano con su esposa, y la niña María, y demás familia, y vos recíbalos de vuestra hija que os ama de corazón.
Malgrat, 24-10-1914.


Hna. Fidela Oller”

 

CAMPRODÓN


Camprodón es una villa situada al norte de la provincia de Gerona, próxima a la frontera con Francia, en un valle rodeado de altas cumbres densamente pobladas de bosque, y otras más elevadas donde la nieve hace su aparición a finales de otoño y no desaparece hasta bien entrada la primavera.
La villa tiene su origen en el Monasterio de san Pedro. Dentro del monasterio, la iglesia parroquial de Santa María fue sustituida por el actual edificio gótico en el s. XIV. Luis XI de Francia saqueó e incendió la villa en 1470 durante la guerra contra Juan II.
Camprodón sufrió también mucho durante la primera y la tercera guerras carlistas en el s. XIX. Ya en el siglo XX, inició una notable recuperación económica y social, logrando una mayor estabilidad.
La agricultura, la ganadería bovina y la industria textil y maderera eran las bases tradicionales de la economía del municipio. En fechas más recientes se instalaron en el municipio varias empresas dedicadas a la fabricación de embutidos La situación geográfica del municipio dificulta bastante el paso de vías de comunicación.
La comunidad de Religiosas de San José había sido fundada en 1896 para atender a los enfermos en el Santo Hospital, después de insistentes solicitudes por parte de las autoridades civiles y eclesiásticas de la villa al Obispo de Gerona, pues esta localidad pertenece a la diócesis de Vich. Como superiora de la comunidad llegó la hermana Patrocinio Vilá. El Hospital estaba situado al lado de la iglesia de Santa María.

 

 

 

Años más tarde, la superiora general Rosario Ripoll envió a la madre Fidela como superiora a la comunidad de Camprodón en agosto de 1917.
La madre Fidela ya se distinguía por su caridad, en el ejercicio cotidiano con los enfermos; aprendió a ver en ellos a Jesucristo, por eso los trataba con tanta dulzura, cariño y comprensión.
Llevaba una vida de piedad intensa, que alimentaba con la oración, Se dedicó de lleno al desempeño de su cargo con gran ejemplaridad. En ella siempre encontraban a la madre sacrificada, cariñosa y buena. A semejanza del divino Maestro, hizo de la santificación de sus hermanas de comunidad, su máximo objetivo y todas se pudieron beneficiar de sus virtudes.
Contaban las hermanas de la comunidad que en sus conversaciones con la madre Oller, les decía que cuando decidió hacerse religiosa, le temblaban las piernas y le daba miedo, por eso salió y poco después volvió a entrar de nuevo.
En Camprodón le parecía estar como encarcelada porque esta ciudad del Pirineo se encuentra rodeada de montañas altísimas, que se cubren de nieve cada invierno. No le gustaba viajar sola, buscaba la compañía de una hermana cuando tenía que ir a Olot para hacer los Ejercicios Espirituales, con los medios de entonces.
Todas tenían muy buen recuerdo de la madre Fidela y contaban que era algo temerosa, como también se observa en alguna carta que ella escribió.
Se interesaba por su familia que recordaba con cariño y desde este antiguo Hospital de Camprodón, escribe a su hermano Lorenzo preocupándose porque los miembros de su familia fuesen buenos cristianos. Destaca en la carta su interés porque sus sobrinas sean educadas como buenas cristianas.


“Sr. D. Lorenzo Oller.

Amadísimo hermano en Jesús y María. He recibido la tuya la que me ha llenado de satisfacción al ver que todos estáis bien g. a Dios. Pues sí, hermano mío, hace cerca tres meses que la Obediencia me destinó en Camprodón, estoy muy bien g. a Dios, ya recibí tu postal, (en) la que me manifestabas la muerte de nuestra querida tía Clara E. P. D.; no la olvidemos en nuestras oraciones. Es verdad que he faltado por no haberte escrito antes y ya me lo dispensarás, que como ya sabía que tenía que cambiar de casa no estaba para nada, que no es que me haya olvidado de ti, ni que estemos reñidos, que mucho lo sentiría si así te lo figurases, que cómo quieres que yo me olvide de ti siendo tú mi hermano, y un hermano que tanto me quiere, esto me sería imposible, todos los días pienso en ti, en mis oraciones y también con tus hijas y esposa; sí, hermano mío, procura que estas niñas sean buenas; y tú estimada cuñada también te lo encargo que como buena madre vigiles por tus hijas, para que cumplan con las obligaciones de buenas cristianas y frecuenten los Stos. Sacramentos; y además dales buenos ejemplos, que hoy el mundo está muy perdido, no permitáis que vayan al cine ni en otros espectáculos en que pierden la inocencia y se pervierten. Sí, estimado hermano, y querida cuñada, vigilad porque vuestras hijas no se pierdan y vayan por el camino del Cielo. Muchas veces pienso, quién sabe cómo les van las cosas a mi hermano Lorenzo, que también sienten las consecuencias de la guerra, que tenéis mal año; y las niñas que van al colegio, tal vez la mayor ya trabaja y la pequeñita tan mona como estaba, qué hace, a ver cuándo me escribirán una cartita.
Mucho me gustaría veros a todos, pero me es imposible; ni vosotros podéis venir porque es demasiado lejos. No tenemos más que conformarnos; alabado sea Dios, otro día pueda ser que no haya tantas dificultades.
Desearía que pases unas felices Pascuas de Navidad llenas de salud y que el Santo Niño Jesús te conceda todas aquellas gracias y bendiciones que más te convengan en compañía de tu esposa y tus niñas, y también la familia Roset que ya los cuento como de casa. Te encargo un beso para las niñas, y que ruego a Dios que los Reyes les traigan muchas cosas.
Saludos a tu esposa y a la Tía Marieta, y demás familia, y en particular la Joaquina Roset, y su familia, y tú recíbelos de tu hermana que te ama de corazón y no te olvida a los pies de Jesús.

Camprodón, 16-11-1917.


Hna. Fidela Oller”

 

 


PALAMÓS

Es un municipio de la Costa Brava perteneciente a la provincia de Gerona, considerado como una villa. Su puerto comercial es el tercero de Cataluña tras el de Barcelona y Tarragona.
La villa de Palamós en su asentamiento actual, fue fundada por el rey de Aragón, Pedro II el Grande, en 1279, para salvaguardar su puerto, uno de los más importantes de Cataluña en los siglos XIV y XV, en su condición de puente en las campañas militares en Italia y el posterior comercio con todo el Mediterráneo. El verdadero motor económico de Palamós fue la industria del corcho, seguida del turismo y la pesca. Goza de merecida importancia la pesca de la gamba. Para completar la infraestructura a nivel provincial, se construyó una línea de tren que unía Palamós con Flaçà y Girona (1887-1956).

 

 


Las Religiosas de san José llegaron a Palamós el año 1893 por iniciativa de un grupo de señoras de la villa, para el servicio de los enfermos a domicilio. Estas señoras les ofrecieron la casa, incluyendo en la petición el compromiso de seguir ayudándolas en caso de necesidad. Obtenida la licencia del obispo de Gerona, D. Tomás Sivilla, se instaló la comunidad el 6 de octubre de 1893. Fueron fundadoras las hermanas Rosario Ripoll, superora, Francisca Blanch, María Vilá, Margarita Noguer y la probanda Francisca Suñer. Durante un tiempo ejercieron este servicio de cuidar a los enfermos a domicilio hasta que en 1919 pasaron al Hospital para atender a los enfermos, con la autorización del Sr. Obispo, continuando allí su labor apostólica, siempre apreciada por la población. Seguían dedicándose a cuidar enfermos a domicilio, tratando de armonizar ambos servicios en favor de todos los enfermos que cuidaban.
En 1921, la madre Fidela pasó como superiora a formar parte de la comunidad de Palamós donde coincidió con la hermana Facunda Margenat, algo más joven que ella y con la cual ya habían coincidido en la comunidad de Malgrat de Mar. Las dos recibieron más tarde la palma del martirio. De nuevo la madre Fidela se ocupó del servicio de los enfermos, atendiéndolos en sus necesidades. Se la recuerda con sus manguitos blancos para recoger las mangas anchas del hábito y no molestar cuando trabajaba. Siempre estaba dispuesta a servir a todos.
Como era su manera de actuar, la madre Fidela también aquí hizo de la comunidad su interés prioritario: no descuidaba la atención a las hermanas, se preocupaba de su salud material y espiritual, de enseñar a las hermanas más jóvenes el cuidado a los enfermos, como trabajo que siempre debían ir perfeccionando para que consiguieran ver a Cristo en ellos, y esto les exigía una fuerte vida espiritual, por eso las ayudaba a progresar en ella. Era una auténtica madre.

 

 

 


La hermana Conchita Vergés que estuvo en esta comunidad antes de ir al noviciado y por lo tanto muy cerca de la madre Fidela, contaba muchas anécdotas que le sucedieron, como por ejemplo:


“Aunque yo todavía era una niña, ella no quería que hiciera travesuras, sino que quería formarme en la rectitud de intención y de acción. Me advertía de los pequeños defectos que iba observando en mí y me ayudaba a corregirme. Recuerdo entre otras advertencias, la que me hizo tras una travesura infantil. Había en el huerto del Hospital un melocotonero lleno de fruta y yo, como me parecía lo más natural, cada vez que salía me comía un melocotón, llegando casi a terminarlos. Cuando ella se dio cuenta, me dijo: ¿no sabes que eso no se debe hacer? Quiso hacerme ver que no estaba bien coger lo ajeno sin permiso, pues todas las hermanas y enfermos podían haberlos probado.
Cuando hacía unos meses que estaba en Palamós, vino mi madre a buscarme, arrepentida de haberme dejado marchar de casa tan pequeña. La madre Fidela la recibió muy bien, la acompañó a visitar la ciudad, el puerto, el mar (mi madre no había visto nunca el mar), y en los dos días que permaneció allí, la trató con mucha amabilidad, tanto que mi madre se olvidó de que venía a buscarme y regresó a casa encantada al comprobar que yo estaba con personas muy humanas y de gran corazón, que me estaban formando muy bien para la vida y en todos los sentidos”.

1927- LA FUNDACIÓN DE GANDÍA (VALENCIA)

Gandía está situada en la costa levantina al sur de la provincia de Valencia. Es la capital de la comarca de La Safor. Tenía cerca de 14.000 habitantes. El río Serpis atraviesa la ciudad. La comarca es llana en el litoral y montañosa en el interior. Está bien comunicada con Valencia y Alicante.
Esta es la ciudad que encontraron las Religiosas de San José al llegar en 1927.
El notario Vicente Vilar, y el Abad mitrado de la Colegiata, hicieron todos los trámites necesarios para la fundación, en 1917. Tan deseada fundación no se llevó a cabo hasta 1927.
Las personas interesadas de la ciudad, cansadas de tanto esperar, comenzaron a propagar y preparar la llegada de las hermanas para cuidar a los enfermos en sus domicilios. En 1926, la Revista de Gandía publica los inicios de la fundación.

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Una vez obtenidos los permisos del Nuncio Apostólico Tedeschini, de los prelados de Gerona y Valencia, el Gobierno General del Instituto acepta la fundación con gran satisfacción del Abad de la insigne Colegiata, del clero secular y regular y de la mayor parte de los ciudadanos que desde hacía años la esperaban. Firmaron esta petición, Casilda Matabosch, vicaria general, y las consiliarias Adelina Pujol, María Vinardell y Consuelo Mir, éstas dos últimas, habían vivido con la Madre Fundadora María Gay Tibau.
Según las crónicas de la Revista de Gandía, el día 4 de junio de 1927 se abría la comunidad para el apostolado de la asistencia de los enfermos a domicilio. Acompañaron a las hermanas la Superiora General, Elena Campmol y la Vicaria General, Casilda Matabosch. A la estación acudieron a recibirlas una comisión del Cabildo y muchas distinguidas señoras.

 

 

Se dirigieron a la Colegiata para saludar al Excmo. Sr. Abad e hicieron una visita al Santísimo Sacramento. Después las acompañaron a la casa de la calle Valier, que una noble dama de Gandía había cedido para este fin, y tomaron posesión de la misma. La superiora de la nueva comunidad fue la madre Fidela Oller. Los vecinos fueron los que más se interesaron por las hermanas. Enseguida que estuvieron instaladas, comenzaron su apostolado de servicio y cuidado de los enfermos.
Con la llegada a Gandía de la madre Fidela se abre una nueva etapa de su vida y presenta un escenario diferente a los anteriores. No se trata de pasar de una comunidad a otra. Esta vez se trata de dar vida a otra comunidad, de fundarla y además la madre Fidela ha de ser la responsable de todas las hermanas. Por eso se destaca esta fundación, porque fue una de las fundadoras y además porque será el lugar de donde salió para el martirio.
Fueron fundadoras: la madre Fidela Oller, superiora y las hermanas Francisca Masmitjá, María Algans, Concepción Esteller, Cristobalina Pequerull, Francisca Tena y la mandadera Lucía Vergés.

AL SERVICIO DE LAS HERMANAS

Para la madre Fidela, como ya se ha ido mencionando, su prioridad era la comunidad y los enfermos. Además de orientar a las más jóvenes en la asistencia completa a los enfermos, procuraba conocer a las familias donde las hermanas prestaban sus servicios e interesarse del proceso del enfermo y la situación familiar, porque era preciso atender a las necesidades que se presentaran. Se distinguía por su educación, finura de trato y cercanía a todos.
Las hermanas la recordaban como muy observante, muy buena y un modelo de madre para ellas y para los que la trataban; siempre estaba dispuesta a hacer favores a cuantos le pedían. Las hermanas eran muy queridas por los habitantes de Gandía que habían contribuido a su establecimiento en esta ciudad, viendo su celo apostólico y su caridad para con los enfermos que atendían.
Cuantas personas se acercaban a la casa, se daban cuenta de la personalidad de la madre Fidela, como decía un sobrino de la Hermana Josefa Monrabal, que fue a visitarla siendo pequeño, que en un principio le daba respeto porque era alta, pero después su trato afable disipaba sus temores. Su hermano Doroteo Oller (marista), en 1930 fue a visitar a su hermana a Gandía. También él se dio cuenta del crecimiento de la vida espiritual, ejemplar y santa de su hermana, que era un estímulo para las hermanas, que la apreciaban sinceramente lo mismo que la gente. Vio el ambiente de fervor que había entre ellas, su trato, caridad y acogida.
Las vecinas de la calle Valier se esmeraban en ayudarlas. Una de ellas, (Vicenta Tormo) siendo jovencita acompañaba a la madre Fidela a ver las obras que hacían en la nueva casa de la calle Padre Gomar, para acondicionarla como convento, con una hermosa capilla. Le gustaba acompañarla y hablar con ella. Las hermanas siempre cuidaron a los enfermos de toda su familia y las tenían en gran aprecio, sobre todo a la madre Fidela que era con la que más trataban.

 

 


Los vecinos de la calle Padre Gomar se alegraron mucho al saber que las hermanas se trasladaban a su barrio. Una de las vecinas, María Sanz, recuerda que la madre Fidela tenía mucha personalidad, simpatía en el trato y la palabra oportuna para cada uno. La madre Fidela sabía corresponder con un trato exquisito a las atenciones que se tenían a la comunidad. Los vecinos se dieron cuenta de que las hermanas querían al pueblo y colaboraban en todas sus necesidades.

 

 

 

Cuenta María Sanz que sus hermanos fueron monaguillos en la capilla de la comunidad, primero el mayor hasta que ingresó en el seminario para ser sacerdote secular, y después el segundo, que era más revoltoso y de temperamento fuerte. La madre Fidela le hacía comprender las cosas dialogando con él. Este trato dialogante y humano, fue motivando su vocación religiosa y entró en los Padres escolapios. Después que estos dos chicos se marcharon, el padre, jefe de familia, continuó con el oficio de monaguillo de las hermanas hasta su fallecimiento.

PERSEGUIDAS

Pasaron unos años tranquilos y serenos, asistiendo a los enfermos de la ciudad. La comunidad se había ido adaptando a las costumbres y ambiente religioso de la misma. Eran apreciadas por todos y se sentían contentas, Gandía era su casa. Pero esta bonanza duró poco pues empezó a notarse ya en 1934 (7 años después) un cierto ambiente anticlerical porque se fue difundiendo propaganda anticatólica, provocando desórdenes. Las hermanas seguían asistiendo a todos los enfermos sin distinción política o creencias.
En una de las visitas que hizo la Superiora General a la nueva comunidad, la madre Fidela le insinuó la conveniencia de preparar ropa seglar porque el ambiente se iba enrareciendo, pues las hermanas en sus idas y venidas a la casa de los enfermos, empezaron a sufrir insultos de pandillas infiltradas que creaban temor y pánico entre la gente cristiana y buena de Gandía. Comprendía profundamente las circunstancias de aquellos tiempos.
En 1936 comenzaron desórdenes y revueltas de patrullas sin control, que cometían toda clase de atropellos. El 19 de julio, con el alzamiento de una parte del ejército contra el gobierno de la República, se declaró públicamente el estado de guerra y se acentuó considerablemente la persecución religiosa en todo el país. En Gandía quemaron la Colegiata y detuvieron a numerosos sacerdotes y personas católicas que después martirizaron.

 

 


Los milicianos también empezaron a molestar repetidamente a la comunidad, con registros de la casa y amenazas de muerte, sobre todo a la madre Fidela, por ser la superiora. Las hermanas se animaban unas a otras a soportar la situación, pero cuando llegaba la noche y se iban a cuidar a los enfermos todas las hermanas, la madre Fidela quedaba sola en casa. Algunas vecinas se acercaban para hacerle compañía algún rato pero se sintieron vigiladas y no volvieron. Entonces la madre pasaba la noche sin dormir, estaba inquieta como si presintiera “algo”, presa de temor y angustia por lo que pudiera sucederle a las hermanas que estaban fuera. Ellas, preocupadas porque la Madre quedaba sola y era la más perseguida, buscaban para ella un lugar seguro.

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EN EL REFUGIO


Enterado de la situación en que se encontraban las hermanas y sobre todo la madre Fidela, el señor Benedicto, (jefe miliciano) muy agradecido por los servicios que habían prestado a su madre enferma, solicitó a la señora Mercedes Rovira, que vivía en la calle Valier, que recogiera en su casa a la madre Fidela. Esta señora vivía sola y la aceptó con mucho gusto, pues había ayudado siempre a las hermanas desde el principio de la fundación. Estuvo con esta señora un par de días.
De nuevo se vio perseguida, y la madre Fidela, por no comprometer a la señora, pasó a otra casa de la misma calle, cuyos vecinos la acogieron con gusto, procurando que nadie supiese su paradero. Era el domicilio del señor Tormo y familia. En la planta baja tenía una tienda taller de cuerdas y sacos de esparto; en el primer piso vivía la familia y el último estaba deshabitado. Allí alojaron a la madre Fidela.
Para que no hiciese ruido al caminar, en caso de que llegase alguien a la casa, le dieron unas zapatillas de esparto, que no hacían nada de ruido. Les pareció que habían tomado todas las precauciones posibles; estaban seguros. Querían proteger a la madre Fidela.

 


Ella pasaba el día orando en silencio ante la imagen del Niño Jesús que siempre llevaba con ella.

 

 

 

En la familia se comentaba que habían matado varios curas y a gente muy cristiana de la ciudad. La madre solo bajaba con la familia por la noche. Allí pasó alrededor de un mes; nadie sabía que estuviera allí porque no salió en todo el tiempo de la casa. Sólo el señor Benedicto y las Hermanas, eran los únicos que lo sabían. Ellas seguían en la casa, sufriendo los continuos registros y amenazas de los milicianos porque a la que buscaban era precisamente a la Superiora.
En esta situación, la hermana Josefa Monrabal, expulsada de Villareal y procedente de Castellón, llegó a Gandía, para refugiarse con su madre. A los pocos días fue con su madre a visitar a las hermanas, encontrándolas asustadas y temerosas porque a menudo venían los milicianos a registrar la casa. Vieron el peligro que corrían, sobre todo la madre Fidela Oller que era la más perseguida debido a su cargo de superiora de la comunidad. Como no estaba en la casa, Josefa preguntó por ella y las hermanas le dijeron dónde estaba refugiada. Fueron a visitarla a la casa de la calle Valier.
El encuentro fue emocionante y alarmante a la vez, al ver la situación en que se encontraba la madre Fidela y la misma comunidad. La hermana Josefa y su madre le ofrecieron la casa de su hermano para refugiarse las dos. La madre Fidela estaba dudosa de salir de aquella casa donde se encontraba muy segura pero la hermana Josefa le insistió tanto que la convenció diciendo que iría con ella y estarían también muy seguras en la casa de su hermano Andrés, por el momento, no les pasaría nada. El piso estaba vacío, porque su hermano y familia se habían trasladado a otro lugar. Estaba en la calle del Camino Viejo de Oliva (calle Baix) número 15.
La madre Fidela decidió ir con la Hermana Josefa a casa de su hermano porque la suplicó tanto, que al fin se fue para acompañar a la hermana Josefa.

 

4. PLENITUD DE UNA VIDA

EN UNA CASA MÁS SEGURA

Una vez tomada la decisión de cambiar de domicilio, la madre Fidela y la hermana Josefa sin tardar, prepararon lo indispensable y se trasladaron a la casa de su hermano Andrés.

 

 

 

Cuando llegaron, los vecinos las saludaron porque conocían a las dos, nada sospecharon de lo que podía estar pasando. Iban vestidas con una bata negra larga y no llevaban toca de monja. Subieron la escalera hasta el piso primero, esa era su casa. Esta escalera, desde la calle, daba acceso a los demás pisos de los vecinos que vivían en la planta segunda, entre ellos una niña, Josefina Navarro, que también fue testigo de su detención.

 

 

 

En este piso pasaron la Madre y la Hermana pocos días, encerradas, sin salir para nada, pasaban el tiempo rezando y en silencio. La comida se la llevaba diariamente la madre de Josefa, la vecina de la planta baja que tenía el patio interior, la ponía en un cesto sujeto a una cuerda y las hermanas la subían. Luego la señora Clara se marchaba a donde vivía entonces su hijo Andrés y familia

 

 



Según decía su sobrina Sara, su tía Josefa y la madre Fidela estuvieron refugiadas en la casa durante tres días y medio, sin salir de ella. Ella iba a verlas casi cada día.
Nunca la familia de Josefa ni la comunidad de Gandía, supieron después quien las acusó o cómo supieron los milicianos el lugar de refugio de la madre Fidela, qué caminos recorrieron para encontrarlas.

 

5. UNIDAS EN LA MUERTE

DONDE VA LA MADRE, VOY YO

En una noche de agosto, la familia de la planta baja formada por el matrimonio José María Aparisi, Dolores y su hijo José, estaban cenando a la puerta de casa, como era costumbre en verano. Se presentaron unos milicianos armados que bajaron de un coche llamado “La Pepa”. Entre ellos estaba un tal “Pancho Villa”, otro llamado “El Reyet”, que era vecino del mismo barrio, y una miliciana que llevaba dos pistolas al cinto. El tal “Reyet”, llamado Pepe P G, vecino de la calle Yeserías, dirigiéndose a José María, le dijo:
   -“José María, ábrenos la puerta de la escalera que venimos a por las monjas”.
Él les dijo que no sabía nada de monjas, que allí no vivía nadie; que los dueños se habían ido a la playa de Rifalcaid.
Entonces uno de ellos dijo:
   -“Aquí están las monjas y vosotros tenéis la llave”.
Insistieron dos o tres veces. Amenazaron en que si no les abría, forzarían la puerta. Y así lo hicieron. Forzaron la puerta, entraron en casa y subieron al primer piso. Allí estaban refugiadas la madre Fidela Oller Angelats y la hermana Josefa Monrabal Montaner. Cuando ellas oyeron que subían los milicianos, les abrieron la puerta. Les dijeron que iban a hacer un registro y al cabo de un rato bajaron con las dos hermanas detenidas.
El “Pacho Villa” le dijo al Sr. José Mª:
    -Con que no había monjas, ¿eh? Tú, al coche también.
Pero el “Reyet”, que conocía a José María porque era de allí y vivía en la calle siguiente, le dijo:
   -“Oye, que ese es un ignorante labrador, que éste me creo que no sabría nada de que eran monjas”. Y le dejaron.
Delante de la familia, subieron al coche a la madre Fidela con tan malos modos y tanta violencia que le rompieron un brazo.

 

 

 
Coche “la Pepa”
Ellos sólo querían llevarse a la madre superiora, pero la hermana Josefa no quiso separarse de ella, a pesar de ser advertida de que no lo hiciera porque correría la misma suerte. La hermana Josefa les respondió:
   -“Donde va la madre, voy yo también, yo no la abandono”.
Luego la hermana Josefa le dijo a “El Reyet”, que era vecino:
   -“Déjame ir a despedirme de mi madre”.
Y él le respondió:
   -“Dentro de cinco minutos ya estaréis aquí”.
La hermana Josefa había cerrado la puerta del piso y dijo a la mujer:
   -“Dolores, tenga usted la llave”.
El tal “Pancho Villa” dirigiéndose otra vez al José María, muy duramente le dijo:
   -“¡Éste sabe demasiado! Tú, por encubridor, al coche también”.
Los vecinos estaban conversando en la calle. Al ver llegar el coche llamado “La Pepa”, les entró pánico y corrieron a esconderse aterrados, todos juntos dentro de la misma casa porque pensaban que venían a buscar a alguno de ellos, y espiando a través de la persiana, veían lo que estaba pasando en la calle. Una vecina, creyendo que iban a buscar a su marido, quiso salir, pero el hijo del dueño de la casa se lo impidió. Al cabo de poco rato bajaron los milicianos con las hermanas, y el vecino que estaba mirando, le dijo:
“Se llevan a las monjas y al senor Aparisi”.
Y se llevaron a la madre Fidela, a la hermana Josefa y a José María Aparisi por la carretera en dirección a Valencia. Por el camino el “Reyet” le dijo a “Pancho Villa” y a los demás milicianos:
   -“¡Vamos!, dejad que baje José María, que éste es un ignorante, un hombre del campo, y no sabe nada de todo esto”.
Y así lo hicieron. Al llegar a la zona del castillo de Bairén pararon el coche e hicieron bajar a José María.
El “Reyet” bajó con él y le dijo en voz baja:
   -“Márchate corriendo por medio del campo, no vayas por la carretera que si éste te ve, te matará”.
El coche con las religiosas continuó hacia Valencia.
José María, muerto de miedo por lo que estaba viendo y sospechaba, sofocado y cansado, llegó a casa y contó todo lo ocurrido a su esposa. También dijo que las dos monjas iban apenadas, pero serenas y silenciosas.
Este señor lo pasó muy mal del susto y de pensar que dejaba a la mujer y al hijo. Según éste, a su padre le quedó una dolencia de estómago que le duró toda su vida.
Los vecinos quedaron consternados sin saber cómo reaccionar esperando que las religiosas volvieran al piso, como habían oído decir al “Reyet”:
   -“Dentro de cinco minutos ya estaréis aquí”.
Pero pasaba el tiempo y pasó la noche y las religiosas no regresaron, los vecinos no salieron de la casa por miedo.
Sor Josefina Navarro, que entonces era una niña y vivía en el piso superior al de las Hermanas, también vio la escena desde la ventana de su casa y como se los llevaron, pero hasta el día siguiente no supieron ni ella ni los vecinos, lo que había pasado ni lo qué habían hecho con las dos religiosas.

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CAMINO DEL MARTIRIO

El coche de los milicianos, que había seguido por la carretera en dirección a Valencia, al llegar al cruce con el camino de Xeresa, en el lugar llamado de la Crehueta, entró unos metros, paró y las hicieron bajar. En aquel mismo lugar las mataron.

 

 

 

A la madre Fidela le dieron un disparo en la espalda y otro en la sien derecha y a la hermana Josefa le dieron un disparo en el lado izquierdo del cuello y otro en la región lumbar, provocándole una fuerte hemorragia. Ambas cayeron juntas y allí permanecieron hasta el día siguiente.
Los vecinos de los alrededores oyeron los disparos en la noche calurosa del mes de agosto. Algunos aseguraban que habían oído voces, insultos, disparos y quejidos de dolor y poco tiempo después, nada, silencio absoluto.
Según los vecinos de Xeresa, aquel mismo día habían ido los milicianos a hablar con los de la barricada, que si oían tiros, es que iban a matar monjas de Gandía, y por la noche, después de realizada la fechoría, fueron a comunicarles que ya estaban muertas, que eran dos monjas de las Veladoras de Gandía (Religiosas de S. José). Los vecinos escucharon esto desde el patio de su casa aterrorizados, porque, como católicos que eran, también eran objetivo de los milicianos, que ya habían cometido otros crímenes en el mismo pueblo, de personas de allí y de Gandía.
Aparecieron junto al camino los cadáveres de dos mujeres que, según dijeron las gentes del pueblo, eran dos monjas. Una señora llamada Matilde Cardona, que vivía en la primera casa del pueblo, oyó los disparos y al día siguiente mandó a sus hijas Julia y Vicenta a ver qué había pasado, por si era una prima suya, religiosa de Gandía, que estaban esperando para refugiarla en su casa.
Su hija Vicenta Fluxá lo cuenta así: “Yo tenía 11 años cuando empezó la guerra. La casa de mis padres estaba situada a la entrada de Xeresa; era la primera casa del pueblo viniendo de Gandía por el camino viejo, llamado también “camino de la Crehueta”.
Un día a las ocho de la mañana, me acuerdo que era domingo, o fiesta de misa, pero no había por la guerra, mi madre nos dijo: “Ir a ver qué pasó allí abajo. Esta noche dicen que han fusilado a dos monjas, a ver si una es la tía”. Nos dijo que fuésemos al lugar donde estaban los dos cadáveres y comprobásemos si alguno de ellos era el de la tía monja. Allá nos fuimos mi hermana y yo, tan decididas con otra amiga nuestra. Serían las ocho de la mañana. Antes de llegar a la carretera general, a un lado del camino yo vi los dos cadáveres. Uno estaba boca abajo, era la que tenía mayor edad; y el otro, un poco de lado, era la más joven. Los dos estaban juntos y muy decentes, pero no llevaban hábitos. Mi hermana y yo nos acercamos para comprobar si alguno de esos dos cuerpos era el de nuestra tía, pero no lo era.
Los dos cadáveres estaban en medio de un charco de sangre y se les apreciaban las heridas producidas por arma de fuego. De los dos cuerpos, el de la más gruesa tenía una herida muy grande en la cadera y mucha sangre al lado, y la otra tenía una herida en la cabeza.
Junto a los cadáveres había otras personas mirándolos, había hombres y algunas mujeres. Recuerdo que otra mujer empezó a gritar insultándolas, diciendo: “Mira estes goses encara están ahí chitaes y dormin” (Mira esas perras todavía están ahí acostadas y durmiendo). Al mismo tiempo que decía esto, les daba puntapiés mientras se secaba la cara.
Mi hermana y yo, asustadas por el panorama que acabábamos de contemplar, regresamos corriendo a nuestra casa y le contamos a nuestra madre lo que habíamos visto y que ninguno de los dos cadáveres era el de nuestra tía, como ella pensaba. Una llevaba el rosario enrollado en la muñeca, no recuerdo haber visto más cosas.
Yo le dije a mi madre que no me mandase más a estos encargos, que a decir la verdad fue muy dura esa escena que vimos. Yo aún la recuerdo tan viva como aquel día ya tan lejano y en mi mente tan presente”.

 

 

 

El señor Eduardo Tormo y su hijo regresaban de madrugada de Xeraco a donde habían ido por el negocio del esparto con su carro. Era el dueño de la casa donde había estado refugiada la madre Fidela antes de que viniera a buscarla la hermana Josefa Monrabal. Ellos, al pasar, vieron los cuerpos tendidos en el camino y el chico dijo a su padre: “Mira, esas son las zapatillas que le compramos a la madre Fidela”.
Y, sin parar, pues era peligroso bajar porque había gente observando, se dieron prisa para llegar pronto a Gandía.
Allí supieron que habían desaparecido las dos religiosas durante la noche y ellos dijeron dónde las habían visto muertas. Su hija, Vicenta Tormo guardó el recuerdo de todo lo sucedido y después lo escribió.

 

 

 

POR LAS CALLES DE XERESA

Los cadáveres permanecieron en el lugar del martirio hasta bien entrada la mañana de aquel día de agosto. Mucha gente del pueblo acudió para verlos. Antes del mediodía los recogieron y los cargaron en un camión para trasladarlos al cementerio de Xeresa y darles sepultura. Este camión pasó por el pueblo con los cadáveres y paró a la puerta del trinquete o frontón, y la testigo Sra. Adela Miralles, niña entonces, salió a la puerta y vio con sus propios ojos el camión rodeado de gente curiosa, entre las que había personas sin escrúpulos y con descaro, proferían insultos y palabrotas contra las monjas. Ella no se movió de la puerta de casa porque sus padres no la dejaron, pero sí que oyó y presenció esta desagradable escena. Oyó decir a los mismos milicianos de la barricada que las dos religiosas que habían fusilado eran de Gandía. Eran de las Veladoras de Gandía, que se dedicaban a cuidar a los enfermos de noche en sus propios domicilios.

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Alguna gente del pueblo que acudió al cementerio, aún seguían burlándose de las religiosas, pero otras personas como la señora Matilde, que también fue, sólo quería ver donde las enterraban para tenerlo en la memoria y poderlo comunicar a la familia. Las enterraron en una fosa cavada en la tierra atadas juntas, sin envolverlas ni nada, junto a otros cadáveres que ya había. Y el enterrador las ató juntas para que se reconocieran cuando las desenterraran.
Fue notoria y pública para todos los habitantes de Xeresa la muerte de estas dos religiosas sólo por serlo
Cuando la señora Clara Montaner fue al día siguiente a llevar alimentos para su hija Josefa y la madre Fidela, los vecinos le explicaron lo que sabían. Sus hijos fueron enseguida al ayuntamiento para ver si conseguían saber su paradero. Allí les devolvieron las llaves del piso, que habían dejado los milicianos y les comunicaron que habían sido fusiladas en Xeresa aquella misma noche. La señora Clara quedó petrificada por lo que sentía, llena de dolor por la pérdida de su hija y con sus dos hijos, destrozados por lo sucedido, fueron en busca de los cadáveres. Llegados al lugar donde las mataron, ya no estaban, habían retirado los cadáveres. Siguieron camino a Xeresa.
Al llegar a la primera casa del pueblo, preguntaron por las dos religiosas que habían asesinado durante la noche y precisamente a la señora Matilde, que vivía en aquella casa. Ella les acompañó al cementerio para que vieran donde habían sido enterradas. Los familiares hablaron con el enterrador para ver si las podían trasladar a Gandía, pero él les dijo que al estar enterradas, ya nada se podía hacer, temía a los milicianos de las barricadas.

 

 

 

¡Qué tristeza e impotencia para la señora Clara, madre de Josefa! toda la noche sin que nadie le dijera nada de su hija y a la mañana siguiente cuando se enteró, ya era demasiado tarde.

 

LA COMUNIDAD DE GANDÍA

Las hermanas no se presentaron en el lugar del martirio porque estaban presas en la cárcel de Valencia desde el día anterior. Según testimoniaron después las hermanas de la comunidad, diciendo:
“El día 28 de agosto de 1936, sobre las 4 ó 5 de la tarde volvieron los milicianos de nuevo a la casa con la pistola en mano y con un camión de esos de llevar cerdos, en busca de la Superiora, registraron la casa, y a las hermanas que encontraron en ese momento, que éramos: Concepción Esteller, Trinidad Safont, Nuria Brugué y Lucía Vergés, nos hicieron subir al camión, con mucha fuerza y energía, con mucho miedo, pero puestas en las manos de Dios, pues no sabíamos lo que sería de nosotras, emprendimos el viaje. -“¿A dónde nos llevarán? El camión tomó rumbo a Valencia. Por el camino paraban y decían entre ellos: ¡qué buen sitio para matarlas!
Pero volvían a emprender la marcha...
Nos preguntábamos qué harían con nosotras. Pensábamos que en cualquier momento nos harían bajar y nos dispararían. Lo cierto es que no sabemos cómo nos salvamos. Llegadas a Valencia, a la C. N. T. (Confederación Nacional del Trabajo), estuvimos toda la noche detenidas en una sala, nos molestaron mucho esa noche y sufrimos bastante; nos interrogaron una a una sobre lo que hacíamos en Gandía. Siempre contestamos igual: que éramos religiosas y que cuidábamos a los enfermos de día y de noche. Nos ofrecieron leche, pero no la tomamos. A la mañana, o más bien casi de tarde, nos mandaron marchar a nuestras casas, diciendo que era porque habíamos dicho la verdad. Nos llevaron a la estación y a cada una nos hicieron subir al tren para ir donde habíamos dicho.
Habían quedado en Gandía las hermanas Dolores Quero y Concepción Casadevall, que estaban cuidando enfermos en sus domicilios cuando hicieron el registro. Al regresar a la casa por la mañana, no encontraron a las hermanas; había otras personas que la ocupaban, apoderándose de todo, y tuvieron que volver a las casas de los enfermos que cuidaban. Ellos las acogieron hasta pasada la guerra. Las hermanas Fidela Oller y Josefa Monrabal que estaban refugiadas, no supieron que se habían llevado a las hermanas ni que la casa de la comunidad quedó en poder de los milicianos, que destruyeron todo lo que había de religioso: imágenes, altares, ornamentos, etc. La casa había quedado incautada.
Pasado un tiempo, la noticia del martirio de las dos religiosas llegó al Gobierno General de la Congregación.
La familia de la madre Fidela, de Bañolas, no supo de su muerte hasta pasada la guerra, solamente su hermano Doroteo (Marista), que estaba también preso en la cárcel de Barcelona, se enteró de la muerte violenta de su hermana.

 

 

 

Cuando acabó la guerra, el hermano Doroteo fue a Gandía para enterarse de lo ocurrido a su hermana Fidela, constatando el martirio, con testigos. Al regreso, fue a Bañolas, su pueblo, y explicó a la familia lo que había averiguado: que habían asesinado a su hermana junto con otra religiosa de allí, que no quiso dejar sola a la madre Fidela. También había hablado con la señora Clara, madre de aquella hermana joven y le había contado lo sucedido. Decía ella que cuando fueron a buscarlas, a la madre Fidela le rompieron un brazo por la fuerza con que la empujaron al meterla en el coche.
Se dio la circunstancia de que el que las mató, había estado trabajando en la fábrica de curtidos del padre de la hermana joven, y que le dijo:
   -“A ti no te queremos, queremos a la Superiora”.
Pero como ella no quiso dejar a la Superiora, mataron a las dos.

 


El Hno. Doroteo fue al cementerio de Gandía y tomó algunas fotos del lugar donde estaban enterradas para enseñarlas a la familia, que guardan como una reliquia, esperando que su martirio sea reconocido por la Iglesia.
En 1939 se trasladaron los restos de las dos religiosas Fidela y Josefa de Xeresa a Gandía. En solemne funeral fueron enterrados en el cementerio. Actualmente están colocados en la capilla de la comunidad de las religiosas de s. j. de Gandía en la calle P. Gomar.
Su Santidad el papa Francisco firmó el decreto de martirio el día 22 de enero de 2015, festividad de San Vicente mártir.